Cocinero antes que fraile

Marino González Montero fue cocinero antes que fraile. Cuando lo conocí, y de eso hará algo más de quince años, era –al menos que yo supiera– cuentista y editor (dos caminos que seguramente converjan en más de una ocasión), con libros propios como En dos tiempos (finalista del prestigioso premio Setenil) o Sedah Street y un número mucho mayor de libros ajenos publicados con entusiasmo en su sello editorial, de la luna libros. Ya me sorprendió cuando, en 2014, publicó de repente Incógnita del tiempo y la velocidad, un libro de poemas potente, que ponía de manifiesto una nada caprichosa vena lírica que continuaría al año siguiente, en 2015, con Un estanque de carpas amarillas, pero me sorprendió aún más que ese mismo año se lanzara a escribir teatro, con The Tempest, su particular versión de la célebre obra de Shakespeare, a la que no tardarían en seguir Muerte por ausencia y, con ella, la creación de su propia compañía, de la luna teatro. La sorpresa, sin embargo, no debería haber sido tal, porque lo cierto es que Marino llevaba tiempo realizando adaptaciones de obras de teatro clásico, normalmente para fines escolares (el Festival Juvenil de Teatro Grecolatino), y porque, como alguna foto de juventud encontrada por azar en internet y alguna conversación con él me descubrieron, el teatro era para él una pasión antigua, que habría estado ahí desde el principio, antes incluso de sus primeros pinitos como cuentista o poeta.

El teatro parece ser, pues, en la obra de Marino González Montero, un punto de partida, pero también de llegada, pues uno tiene la sensación de que, como sucede con los terrenos de aluvión, acaba por incorporar no pocos de los elementos que caracterizan su obra poética y narrativa, como la riqueza y vivacidad de las imágenes que pueblan sus poemas –o esa contundencia que los hace tan aptos para ser declamados– o la impresión de encontrarse ante una escritura que brota directamente desde las entrañas que producen sus cuentos, aunque, bien pensado, lo más probable es que la relación entre esas distintas manifestaciones de su imperiosa necesidad de crear sea más compleja, con caminos de ida y vuelta y senderos que se bifurcan, y que, si uno se fija bien, quizá no sea raro encontrar ya rasgos dramáticos en no pocos de sus poemas y cuentos.

Como dramaturgo, y aun partiendo siempre del llamado teatro de texto, Marino González Montero resulta ser, además, un autor tremendamente versátil, y buena muestra de ello son sus dos últimas obras, Laberinto. Anatomía del presente y Aquiles, publicadas ambas por su editorial, de la luna libros, dos obras divergentes en muchos aspectos.

Los Monges restaurante Plasencia ExtremaduraCon Laberinto uno tiene la sensación de encontrarse ante el más puro teatro contemporáneo, con un punto de experimentación, filosófico, casi metafísico, que se asoma –como señala la contraportada del libro– «a los cantiles del existencialismo con paso valiente, honesto y verdadero», a través de una puesta en escena casi minimalista en la que participan, apenas, tres actores, dos reclinatorios, una silla, un extraño artilugio y un inquietante maniquí que las luces tiñen de azul, elementos más que suficientes para llenar el escenario por la intensidad dramática del texto, un thriller psicológico que nos intriga y nos inquieta, que gira en torno a la realidad, a lo que somos, pero también en torno al propio mundo del teatro, y que invita a ser disfrutada en silencio, en la intimidad oscura de una sala.

Aquiles, por el contrario, parece llamada a ser puesta en escena a lo grande, en el marco del Teatro Romano de Mérida, con seis actores y coro, y una tienda, y una nave semienterrada, y proyecciones y efectos luminosos, y eso a pesar de que lo que nos presenta es, por completo, íntimo, cercano, pues nos muestra el lado más humano de un semidiós, del héroe por excelencia de la Ilíada, su amor por Patroclo, su cansancio ante la guerra, sus dudas, sus ganas de dejarlo todo, en un drama en cinco actos protagonizados, cada uno, por una pareja de personajes, con el coro como testigo, y que parte de la conspiración de los dioses, Zeus y Hera, para rescatar a Aquiles para la lucha, para moverlo, de nuevo, al combate, aun cuando la intriga conlleve la muerte de Patroclo. Un tema, pues, intensamente clásico, tratado desde un punto de vista moderno, con un texto en verso ágil (heptasílabos, endecasílabos, algún alejandrino), más rico en diálogos que en parlamentos y que demuestra, una vez más, la enorme calidad de Marino González Montero como poeta y, sobre todo, su condición de auténtico todoterreno, capaz de enfrentarse y salir airoso de las más intrincadas empresas literarias.

Dos obras, pues, que pueden (y deben) ser disfrutadas en papel, por el valor incuestionable literario de sus textos, pero también como espectador, desde la butaca. Laberinto tendremos ocasión de disfrutarla en breve, si el SARS-CoV-2 no lo impide, el 4 de diciembre, en el teatro Alkázar, dentro del programa de la Red de Teatros de Extremadura. Ahora sólo queda desear que Aquiles no tarde en ser llevada a los escenarios, a ser posible, a lo grande, como se merece, en el marco del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.

 

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