Birdwatching

Los pájaros pueblan las páginas de La vida en suspenso, el diario del confinamiento que, tras pasar por su blog y por las páginas de la publicación digital “El Cuaderno”, publicó hace unas semanas el editor, poeta y traductor Jordi Doce en la editorial Fórcola, gorriones, palomas, urracas parlanchinas, cotorras que se enredan en ruidosas trifulcas o vencejos que dibujan amplios vuelos en el cielo limpio de una ciudad desierta, aves que, sin embargo, no parecen ser las observadas, que parecen ser ellas, al contrario, las que, más libres que nunca, en un espacio abandonado de golpe por los hombres, examinaran nuestro extraño comportamiento, nuestra obediente e inexplicable reclusión en los estrictos límites de nuestras jaulas, entre cuyos barrotes nos asomamos callados, temerosos, cariacontecidos, a observar lo que sucede. Desde la ventana, o desde la acera, acompañando a su perra Layla, pero siempre un poco a vista de pájaro y con la cauta vocación del ornitólogo, el autor posa su lúcida, iluminadora mirada sobre el paseo que, de un día para otro, se convierte en sospechoso, sobre el solidario espejismo vespertino de los aplausos, sobre los cambios que el miedo ejecuta sin contemplaciones en sus propios gestos, sobre la escritura como refugio, sobre los mails que se lanzan a las redes con la amable intención de saber si las cosas van bien en otras jaulas, sobre el polen de los pinos, que tiñe de verde el aire, o sobre discretas formas de rebeldía, al resguardo de policías de acera o de balcón, que contempla con una mezcla de envidia y de esperanza.

Hace unas semanas, en un encuentro digital con la escritora portuguesa Lídia Jorge, nos preguntábamos por la tarea del escritor ante la pandemia, ante el cambio repentino y radical que la enfermedad ha operado en nuestras vidas. Entonces yo opinaba que la primera de todas era, quizá, ayudarnos a comprender lo sucedido, en una situación cuyas cifras, circunstancias y consecuencias superan, a todas luces, nuestra capacidad de entendimiento. Desde ese punto de vista, diarios del confinamiento como el de Jordi Doce deberían ser la punta de lanza de una labor colectiva que nos ayude a entender y encajar la situación, insólita para un buen número de generaciones. A pesar de ello, yo no diría que haya salido de La vida en suspenso comprendiendo mejor lo que sucede, lo que hemos vivido y seguimos viviendo, pero sí que lo he hecho sabiendo mejor cómo mirarlo, pensarlo y abordarlo, y también que me he reconocido en buena medida en la estupefacta mezcla de sosiego y de inquietud con la que Jordi Doce retrata unos días apacibles encerrado frente al Templo de Debod, tal vez porque, como dice Antonio Rivero Taravillo –en esa cita que adelanté al hablar de Porque olvido, de Álvaro Valverde, y que recogí justamente de este libro de Doce–, “un diario que se publica no está hecho para mostrar la vida privada de su autor, sino las intimidades del lector”.

Francamente, no sé si los diarios, ensayos, novelas y poemas que escribamos en torno a la pandemia conseguirán que lleguemos a entender del todo alguna vez lo que nos ha pasado, lo que nos está pasando. En realidad, si la cosa va bien, lo fácil será que lo olvidemos, o que lo retoquemos hasta convertirlo en un relato amable y digerible que nos permita hablar de todo esto dentro de unos años con la naturalidad y la despreocupación con las que ahora recordamos que la gripe española se llevó por delante a cincuenta millones de personas hace un siglo, pero si la cosa va mal y se alarga, o se repite de forma traicionera dentro de algún tiempo, cuando volvamos a pensar que estamos seguros y que tenemos todo el futuro por delante, páginas como las de La vida en suspenso nos ayudarán, como sucede ahora si uno lee el Diario del año de la peste de Daniel Defoe –un diario que, en realidad, no es un diario y del que tal vez les hable otro día– a poner las cosas en su sitio, o nos servirán, como poco, de consuelo, como una forma de obtener ese consuelo, triste y tal vez también de tontos, pero no por ello menos cálido o reconfortante, de encontrar a otro gorrión que, tan vulnerable como nosotros, se hace hueco debajo de un alero para protegerse de la lluvia y la intemperie.

 

La vida en suspenso

Jordi Doce

Fórcola

15,50 euros

Cafe Torero

 

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