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El pijo que veía muertos

Erik Vogler es un adolescente alemán pijo, pedante y remilgado que, como el niño de El sexto sentido, es capaz de ver muertos y que, como la cursi señorita Fletcher de Se ha escrito un crimen, aquella amable teleserie de nuestra infancia, tiene el irresistible poder de atraer hacia sí el asesinato.

Soy consciente de que comenzar hablando así de un libro, o de una saga de libros, como es el caso, parece ponerlos en entredicho, al subrayar de entrada lo que tienen de poco novedoso, pero no es esa la intención ni es el caso, primero porque, no nos engañemos, pocas cosas hay que puedan considerarse de verdad originales (con lo que esa presunta crítica se podría aplicar a la inmensa mayoría de lo publicado, lo que la convierte en estéril) y porque, además, la riqueza de referentes, un deliberado sincretismo intertextual, es una de las virtudes de esta serie, sobre todo teniendo en cuenta de que va a dirigida a esa franja de edad entre la última infancia y la primera adolescencia, por la cantidad de puertas que abre o que entreabre.

Así, no sólo aprovecha esa mezcla de cine negro y paranormal que triunfó con El sexto sentido, o, en alguna de las entregas, el relamido costumbrismo aristocrático de los episodios de la Fletcher, sino que construye un personaje protagonista preso de manías que nos recuerdan, inevitablemente, a Sherlock Holmes, con un contrapunto seductor y un punto sinvergüenza en Albert Zimmer –cuyo referente serían los protagonistas de ciertas ficciones sobre vampiros jóvenes o adolescentes que triunfaron hace algunos años–, y con tramas que, sobre todo en Muerte en el balneario, La maldición de Misty Abbey-Castle y La chica equivocada, recuerdan a las novelas de misterio de Agatha Christie, pero que, a partir de Sin corazón se enredan en una frenética carrera en la que cada vez tiene más peso lo espectral y que recuerda, en este caso, a esas películas policiacas contemporáneas en las que los agentes corren a contrarreloj detrás de un despiadado asesino en serie. Eso por mencionar, apenas, refententes –digamos– interficcionales, porque en el fondo de las tramas hay una clara vocación pedagógica, por ejemplo en la elección de los escenarios, desde Bremen a Roncesvalles pasando por Italia, Irlanda o Francia, que dan pie para hablar, como quien no quiere la cosa, de arte o de cultura, oportunidades que padres y docentes pueden cazar al vuelo para abrir del todo algunas de esas puertas que la autora, Beatriz Osés, se encarga con sutileza de insinuar.

Todo esto dicho entre nosotros, porque lo que los chavales se van a encontrar en Erik Vogler es sobre todo una colección de aventuras ágiles, divertidas, plagadas de misterio y contadas con sentido del humor que invitan a una lectura compulsiva, a no perder el hilo, que les pueden, sin duda, entretener, y que, si no nos podemos petardos y descubrimos el juego –en esta edad suya en que el entusiasmo nuestro resulta tantas veces contraproducente–, pueden servir para seguir alentando la llama de la lectura en esa etapa fronteriza en la que, en más de una ocasión, suele decaer.

 

Erik Vogler

Beatriz Osés

Editorial Edebé

 

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de libro

Publicado el 15 de mayo de 2020

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