Por los Montes de Cáparra: hacia el Valli de Loh Rehpónsuh (XVII)

Nuestro querido viajero, al que ya se le va tomando aprecio a base de citarlo tanto (el roce hace el cariño, afirma un dicho), se quedó entre la exuberante vegetación abrileña del Altu de lah Fíñah, examinando el Canchal de la mora y su entorno inmediato.

Fragmentos cerámicos recogidos por los majanos y paredes cercanas a la Peña sacra de compartimentos perforados. (Foto: F.B.G.)

Algunos fragmentos muy rodados, sin perfiles nítidamente definidos, pertenecientes a recipientes comunes, no son muy significativos, cosa harto frecuente, para una adscripción cultural precisa. Generalmente, son pastas rojizas, con mucho desgrasante cuarzo-micáceo. En algún fragmento, nos ha parecido apreciar cierto cepillado o escobillado en su parte externa, lo que nos llevaría a hablar, con todas las reservas, de contenedores comunes del Horizonte Cogotas I.  La antropización de siglos de estos terrenos, sometidos a las labores del arado y de la azada, obstaculiza el estudio ceramiológico de los escasos vestigios superficiales, entre los cuales también queremos ver algunos de época tardoantigua.  Antes, y de estos hace ya un montón de años, la secular remoción agrícola deparaba más ripios arqueológicos, pero, al devenir en pastizales (muchos de estos genálih están completamente abandonados), los suelos se han apelmazado y solo se rastrean fragmentos muy erosionados de vajillas que nos parecen domésticas y vulgares, en los majanos o en las paredes medio caídas de estas liliputienses parcelas. Mientras no aparezcan claros fósiles directores, no se pueden lanzar hipótesis al aire.

La Peña sacra, más conocida por los lugareños como “El Canchal de la mora”. (Foto: F.B.G.)

El caso es que el viajero le dará una y cien vueltas a esta Peña sacra, que, posiblemente, rompa el concepto escalonado propios de los altares rupestres, la majestuosidad de otras tenidas como tales y desde las que se otean lejanos horizontes, la profusión de cazoletas y otros elementos de las sacras saxas ortodoxas.  Pero como no es oro todo lo que reluce y nosotros siempre fuimos conscientemente heterodoxos, hacemos copartícipe al viajero de nuestros puntos de vista.  Planteamientos, en ocasiones, aventurados, teniendo en cuenta lo difícil que es elucubrar sobre ciertos yacimientos arqueológicos si no disponemos de mecanismos que puedan diseccionar adecuadamente el imaginario colectivo y el mundo de creencias de antiguas civilizaciones.  Rocas como la nuestra, con recipientes perforados para facilitar su comunicación, aparecen varias en torno a ciertos poblamientos vetones de la provincia de Ávila (la galería de fotos de María Luisa Savirón Cuartango y Ángel L. Mayoral Castillo es impresionante).  Pero el viajero debe tener siempre la mosca detrás de la oreja, porque un risco semejante, muy erosionado, granítico también y, desde cuya altura, se tiene auténtica sensación de dominio y de control de las caracoleadas y espumosas aguas del mágico paraje de Lah Pótrah, se yergue al pie del castro de Juentivieja.  Pero aquí, entre el abigarrado y espeso monte y los peñascos, teniendo al fondo una encajonada rivera que nace en la cara meridional de las cordilleras de Las Hurdes, solo hemos rastreado materiales calcolíticos.  Sobre ese curioso topónimo de Lah Pótrah, que se vuelve a repetir a unos 20 kilómetros en línea recta, en el cauce del río Ambroz o Cáparra, ya nos dijo el siempre colaborador, atento y servicial investigador y filólogo, Ismael Carmona García, que nada que ver con potras ni yeguas, sino que es un deverbativo del infinitivo latino abortare, con aféresis en la a-inicial.  Viene a significar algo así como aquello que, después de estar oculto, reaparece y continúa su ritmo cósmico.  Y no otra cosa hacen los cauces de tales corrientes acuosas, que, en ciertos tramos (pótrah), desaparecen bajo una bóveda granítica y, luego, emergen a la clara luz del día.

Vista general del pequeño prado donde se encuentra el “Canchal de la mora”. (Foto: F.B.G.)

Algún misterio debía tener nuestro Canchal de la mora, al igual que las peñas semejantes, para llamar la atención de nuestros antepasados.  ¿Qué buscaban?  ¿Acaso almacenar aguas lustrales en el compartimento superior para que, al estar más elevado, recibiese más y mejores bendiciones de las divinidades que residían más allá de las nubes?  Sabido es que antiguas culturas practicaban sacrificios gentílicos, encendiendo para ello una gran hoguera.  Uno de sus tizones humeantes era introducido en una pileta con agua.  Entre más alto estuviere este recipiente más pronto llegarían los efluvios del tizón a las pituitarias de los dioses.  Aquellas aguas, a fin de alcanzar la categoría de lustrales, deberían permanecer expuestas varias noches al resplandor de la luna, en su fase de cuarto creciente.  Reminiscencia de antiguos rituales paganos es el agua bendita de las pilas de nuestras iglesias, que no deja de ser agua lustral tras el correspondiente proceso de sincretismo religioso.  Aguas sacras que se usarían para purificar a personas, animales y objetos personales varios, como toda la panoplia belicosa de los guerreros.

La Jogará

El perro “Rebelde” sobre una “chifardu” (habitáculo agropastoril), a un par de metros de la Peña sacra. (Foto: F.B.G.)

Desde una óptica etnoarqueológica, hemos observado cómo, en la legendaria comarca de Las Hurdes, con motivo de los rituales de La Carvochá (fiesta de culto a la memoria de los antepasados), existe la costumbre de coger un tizón ardiendo de la Jogará de lah ánimah e introducirlo en el perol comunal del café que se prepara para todos los asistentes.  Se introduce antes que deje de hervir.  También este ritual es propio de otras conmemoraciones, como las matanzas del guarrapu, lichón, gurrinu, marranchón o cebón, que de todas estas maneras se denomina al cerdo por tales tierras.  Por otros pueblos de la zona, hasta hace muy pocos años, las vecinas iban con jarras a la iglesia el Sábado Santo, a fin de llenarlas de agua bendita, en la que se habían arrojado las cenizas resultantes de quemar las vardáhcah (tallos de olivos), procesionadas el Domingo de Ramos del año anterior.  Las jarras se llevaban a casa y debían permanecer siete días al sereno, bajo la luz de la luna.  Luego, se rociaba con aquella agua las dependencias de las casas, e incluso las cuadras.  Comentaban que era para que no entrasin lah culébrah ni el mal cheratu.  Por cheratu se entiende el mal fario y otros efluvios y fluidos propios de las pestilencias.  Rituales, en suma, profilácticos y purificadores como los que emplearían nuestros antepasados en el Altu de lah Fíñah.

Ismael Carmona García, con unos gatos que se le amartelaron en la villa despoblada de Granadilla. (Foto: Alumnos IES. “Gabriel y Galán”, de Montehermoso)

En la misma área, pero ya fuera de los Montes de Cáparra, objeto del recorrido del viajero, a escasos tiros de ballesta, en terrenos que ya son de factura pizarrosa, se encuentra un interesante yacimiento que ha deparado, en labores agrícolas, interesantes vestigios, que abarcan desde épocas calcolíticas a otras tardoantiguas.  Pero el viajero tiene que seguir su senda y, bajando hacia un amplio y antiguo camino carretero (posible vía secundaria para llegar a unos baños termales, explotados ya en época romana), deberá atravesarlo y tomar la calleja que se introduce por el paraje de Lah Cerráh, dejando a mano izquierda, entre los robledales, fuera de su ruta, al emblemático lugar de la Peña ehcrita.  Donde la calleja prácticamente se difumina, bien fuere por los ilegales cerramientos de su tránsito, práctica muy habitual en los medios rurales, donde las autoridades nada dicen sobre estos desafueros en los caminos públicos, o bien porque el monte se espesa y se hace intransitable, lo mejor que puede hacer el viajero es saltar la pared de la finca que tiene a su izquierda.  A continuación, bajará con la vista puesta en el saliente y, en menos que canta un gallo, se verá inmerso en el enigmático paraje que lleva el nombre de El Valli de loh rehpónsuh.  Nadie ha sabido explicarnos este topónimo, que, sin lugar a dudas, responde a algún hecho de matiz histórico o religioso.  La voz responso es harto significativa.  Y allí, en un hermoso prado, atravesado por un regato o garganta, le aguardan sugestivas sorpresas.  Pero ello será objeto de otro capítulo de la agenda del viajero.  Ahora, le toca descansar sobre el pedestal de algún cancho aparente y disfrutar de este locus amoenus, o sitio ideal para el amor, donde se encuentran y compenetran los enamorados.  Echará mano del libro poético que lleva en su mochila y, bajo las blancas nubes primaverales, leerá detenidamente aquellos versos que el poeta trazó en aquel año en el que el mundo se vio azotado por una cruel pandemia:

¡¡ALARMA!!

Bajo estado de ¡¡ALARMA!!, la nación.

Y de Ella nada sé:  no sé de su ida

ni si se refugió en azul guarida

o si en jarras se puso ante el turbión.

Coronavirus toca el serpentón

y su tropa prosigue la batida.

Humanos -antropófaga comida-

danzamos según nos marca el son.

Sitiados nuestros pueblos, neumonías

apneicas y candentes calenturas

galopan por llanura y serranías.

No veo a Ella a través de las ranuras.

Me acongoja y oigo letales correrías:

jaco bayo de infaustas herraduras.

Carpinteria Manzano

 

Imagen superior: Habitáculo agropastoril (“muru”) cercano a la Peña sacra. (Foto: F.B.G.)

Textos de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil. Las opiniones e imágenes publicadas en este artículo son responsabilidad de su autor

Publicado el 24 de abril de 2020

 

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