Alfonso Trulls Imrpesiones de un foraneo confinado

De las emociones a las ilusiones

A punto de cumplir una treintena camino de una sobrada y agotadora cuarentena, la confinación en casa propia agudiza el subconsciente de los recluidos. Uno cree que a muchos se les escapa el hecho de que cuando llegue el día después confirmarán que han pasado de salvaguardar sus vidas a no saber bien qué hacer con ellas. Para otros, el día que les suene el despertador anunciando el permiso para acceder a una libertad condicionada lo harán como sonámbulos, tan torpes e indecisos como para que se les olvide celebrarlo. Quizá sea cuando nos demos cuenta de que hemos pasado de un periodo de  confinamiento a otro de crisis social y económica, eso sí ganando un trozo de calle o de parque.

De momento y para bien, las personas que hemos permanecido casi quietas dentro de nuestras casas habremos adquirido la consciencia –algunos por primera vez- de nuestros límites e insignificancia como humanos y empezaremos a apreciar la vida en su justa medida, o sea, más. A pesar de que en estos días la gente no se siente cómoda entre otra gente; de que cuando sale a la compra o a otras necesidades, percibe que todo es raro; de que hasta ahora el sol apenas les servía para avisarles de que debían limpiar los cristales de las ventanas, puede que haya llegado el momento de cambiar algunos matices sociales, unos morales y otros de comportamiento. Pocas conductas y sentires seguirán igual y muchas otras cosas variarán, lo que no sabemos es cómo y en qué medida.

Se remueven las sensaciones

La mayor parte de las emociones provienen de los recuerdos más significativos de nuestra existencia, dejando de lado los más feos que no es otra cosa que un intento de olvido selectivo subconsciente. En estos días se nos han avivado las emociones, una de las consecuencias de la ‘encerrona’. Tanto tiempo y tan seguido en casa ha hecho que se nos agudizara la vista hacia lo que nos rodea, a fijarnos en lo que antes ni mirábamos; los objetos inútiles; los cuadritos y demás cachivaches que contenidos entre nuestras íntimas paredes utilizamos para emperejilar nuestro entorno hogareño. Algunos de esos adornos o figuritas nos hacen recordar y también pensar; es decir, los cacharritos que aparentemente son fútiles nos vivifican emociones pasadas.

Uno se da cuenta que a lo largo de estas reflexiones comento cosas como si estas tuvieran importancia, cuando hace tiempo se habrían tomado por naderías sólo convenientes para el simple acto de retozar con las palabras, sin más. Pero es que ahora vivimos en una época en que ciertas insignificancias han adquirido el valor de lo perdido: como tomar un cafelito en el Alba; decir a alguien luego te veo; subir las escaleras de la biblioteca; quedarte parado delante de la Catedral; mirar si hay correo en el buzón o rogar -hoy que vas cargado hasta arriba- que no se haya estropeado el ascensor. Creo que me entienden.

Como todos los días a media tarde, me asomé a la ventana y creí oír a alguien que decía mi nombre. Volví otra vez a mirar mi trozo de Plasencia, la calle vacía, yerma la Plaza Mayor y no vi a nadie, pero aún así me brotó la emoción. Debió ser una fugaz ilusión.

telecarne Bernal Plasencia

Publicado el 10 de abril de 2020

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