Alfonso Trulls Imrpesiones de un foraneo confinado

El eco del silencio

Las llamadas que recibo son pocas, dos concretamente. Una es la de un vecino que tiene su despacho profesional en el edificio en el que habito y al que viene un rato todas las mañanas. Siempre me pregunta si necesito que me traiga algo, que le pida, que no me corte que él encantado de ayudarme en lo que haga falta. Más que buena gente. La otra es de una gran amiga a la que si no llamo periódicamente para dar el parte de resistencia, lo hace ella. El resto es una mezcla compuesta de dos tercios de güasaps y un tercio restante de correos electrónicos. Esa es la mixtura que completa el todo, el condumio verbal de mis comunicaciones con los demás.

Lo que siempre me acompaña –rememorando a mi admirado filósofo Emilio Lledó- es el silencio de la escritura o el silencio de la lectura que rompo algunas tardes con las calculadas armonías de la música clásica o la heterodoxia armónica del jazz. He abandonado temporalmente el blues, hace que me ronde peligrosamente la melancolía, ay mi Jerte blues.

Uno está abonado a la prensa en la tablet. Accedo al periódico completo con todos los suplementos. El ejemplar principal -el dedicado a las noticias nacionales e internacionales más inmediatas- me escarpia los pocos pelos que me quedan. Después de una amplia ojeada trato de evitar el severo desaliento y concentro la vista en lo cultural, pasando por alto lo económico con el fin de esquivar la segura posibilidad de que se me caigan los palos del sombrajo. La tele para las pelis; de informativos solo uno, el de la tarde con el resumen diario de la virulenta debacle civil y sanitaria.SIG Topografía

Frustración

Esa es la que me invade como otro virus, aunque este no es mortal me produce una sensación de invalidez solidaria. Uno se sentiría mejor haciendo lo que fuera en bien de las personas, aquí en Extremadura, en Plasencia que es la ciudad que me acogió afectuosa e incondicionalmente. Admito que sólo soy un individuo y algo limitado, por lo que únicamente puedo y debo hacer por lo demás es seguir con severidad mi confinamiento, una modesta aportación a mis conciudadanos. A pesar de que uno, como todos, está exiliado del ámbito social, me persiste la frustración solidaria. Sigo pensando que cuidar de uno mismo con el fin de proteger y ayudar a los demás se debe establecer como lema perenne e inalterable en nuestra conducta social y colectiva. No vale otra, ya lo proclamó el sabio Aristóteles: “la verdadera felicidad consiste en hacer el bien”.

Se escribe mucho sobre el día después. Afirmamos que la desaparición total del virus es el final que todos anhelamos; a uno le da por pensar que cuando lleguemos a ese término entraremos en un principio social y económico que será tan desconocido y turbador como el superado. Esa es la gran incógnita.

Me asomo a la ventana para que se me pare el sol en la cara; me encuentro despojado de mi propia sombra porque me falta ese tuétano de luz astral y aire externo. Inconscientemente digo ¡hola! en voz alta. Nadie responde, la palabra muere estrellándose contra la fachada de mi calle vacía. Solo el silencio del pensamiento tiene eco.

Publicado el 4 de abril de 2020

Texto de de Alfonso Trulls para su columna Impresiones de un Foráneo

Cafe Torero

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