Por los Montes de Cáparra: el Canchal de la Rehfalaera (XIV)

No será por falta de berrocales salpicando el paisaje de lo que se podrá quejar el inquieto viajero.  Detrás de él, quedan muchos bloques cruzados por diaclasas ortogonales y otras horizontales y verticales. Gran aspecto caótico y formas redondeadas, que conforman bolos de enorme tamaño y dan lugar a esos relieves residuales que son los tors.  Roquedos no exentos de plataformas granitoides con abundantes tafonis, nidos de abejas, nerviaciones y rizaduras.

Félix Barroso
El buen amigo y conmilitón de bregas y barricadas, Ismael Carmona García, uno de los filólogos e investigadores que más saben sobre “El Estremeñu”, que ya ha alcanzado la categoría de “Lengua minoritaria”. (Foto: María Luisa Fernández Busanghk)

Por tales lares, el Canchal del rayu (cuentan los paisanos que un rayo lo partió a cincel en dos gigantescas mitades) y el Canchal de la bilba o de la buina (semeja una rechoncha cabeza con su boína).  Pero el viajero tiene que caminar hacia el saliente y, antes de llegar a la calleja de La Corona o de Lah Barrérah, se topará irremediablemente con el Canchal de la Rehfalaera o de la Rehfalera.  Aunque el topónimo tenga algo que ver con el término castellano resbalar. nos parece más oportuno acudir a nuestro amigo, compañero de fatigas y experto investigador en lides filológicas, que, actualmente, inhala polvo de tizas en el instituto de Secundaria de Montehermoso: Ismael Carmona García.  Y esto es lo que nos dice: La palabra `refalaera`no es castellana, sino extremeña.  Es un deverbativo que procede del verbo `refalar`, y éste deriva de ‘esvarar’, verbo que todavía se usa en la Extremadura oriental. El étimo es el verbo latino ‘varare’.  La palabra ‘refalaera’ significa propiamente ‘lugar por donde deslizarse’.

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“El Canchal de la Rehfalaera”, con el perro “Rebelde” en primer plano. (Foto: F.B.G.)

No obstante, el viajero no solo se debe quedar con tal apreciación lingüística, pues es preciso que sepa que se encuentra ante un anchuroso tobogán pétreo que muy posiblemente, en tiempos cegados por la bruma de los muchos siglos, estuviese vinculado a oscuros ritos de fertilidad.  Informes de paisanos que hemos conocido nos hablan que escucharon a sus mayores relatar que a esta canchalera acudían las mujeres que ehtaban jórrah (estériles).  Confeccionaban al modo de un trineo de escobas y, echándose boca abajo sobre él, se deslizaban por la pared rocosa.  Abajo, en la calleja, un ayudante frenaba en seco el trineo cuando ya iba a tomar tierra.  Pero este rito no se podía realizar cualquier día del año, sino solamente en la madrugada de San Juan de junio, coincidiendo con el solsticio de verano.  Sabido es que el rocío de este alborear está pletórico de vida y de poder fecundante, o, al menos, así lo consideraban nuestros antepasados.  De aquí que no había que aguardar a que saliera el sol y lo evaporase.  Debería servir como elemento vehicular entre la roca y el vientre de la mujer.

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Berrocal granítico en las inmediaciones del “Canchal de la Rehfalera”. (Foto: F.B.G.)

Cierto es que estos rituales, de posible extracción prerromana, se fueron a otros mundos a raíz de los cambios sociales y mentales producidos en la segunda mitad del siglo XX, cuando nuestros medios rurales sufren una severa despoblación a causa de la emigración y el paso de una sociedad de subsistencia a otra de consumo.  Fue entonces cuando empezó a agonizar hasta fenecer la riquísima cultura ancestral que impregnaba de realismos mágicos nuestros lugares y aldeas.  En algunos casos, como veremos más adelante, tales parajes fueron cristianizados, levantando incluso ermitas a su vera o llenando de cruces el conjunto de peñas, tal y como ordenaba el emperador bizantino Teodosio II.  Los concilios celebrados en los siglos V, VI y VII en Arlés, Tours, Nantes y Toledo no sirvieron de mucho y cayeron en saco roto las condenas contra los veneratores lapidum (adoradores de piedras).  La fiebre de la celtización de unos años a esta parte también ha afectado a estos rústicos santuarios.  Parece ser que, si no se conectan con el mundo celta, no hay relato alguno que valga para resolver coherentemente ciertos conceptos onfálicos y ctónicos.  Pensamos modestamente que se han desbordado los apriorismos y los elementos etnicistas o paleoetnológicos.  Caben otras hipótesis, pero no es cuestión de meter a nuestro viajero en un tolleru o mesón (nombres con los que designan los lugareños de esta zona a los trampales o tremedales donde se solían hundir las caballerías, sobre todo si iban cargadas, generalmente en tiempos de muchas lluvias).

OEX Orquesta de Extremadura

El Canchal de la Ehquila

Si es gustoso, el viajero se deslizará por la desgastada rampa rocosa, pero es aconsejable que no lo haga barriga abajo, a fin de no darse un buen topetazo en los morros en su aterrizaje.  Lo mejor es que sean sus posaderas las protagonistas, como hacen hoy los muchachos, que han convertido el arcaico ritual en un entretenimiento.  Puede que consiga un roto o desgarrón en la culera, pero se arregla fácilmente con un buen remiendo.   Canchos de esta tipología se encuentran por otros berrocales extremeños, como el conocido por Dehcansaero del Rehbalaero, ubicado en el estratégico punto donde termina la Cañada Real de Merinas de la Vizana o de la Plata y se une con la Cañada Real Leonesa Occidental, que prosigue su rumbo hacia el meridión.  Aquí, teniendo como epicentro la peña del Rehbalaero, se practicaban viejos juegos propios de la cultura agropastoril, perdidos ya en la noche de los tiempos, a la vez que era lugar de encuentro de ganaderos y chalanes.  Y por su tobogán granítico se dejó resbalar alguna que otra chiquilla de azabaches trenzas, pupilas a las que envidian las bóvedas celestes, manos desenvueltas, inquieta y alborotadora, ingeniosa y despierta, cuya esbelta silueta se perdió entre las brumas del invierno, abrazando el poemario La voz a ti debida.  Y por lanzarse a lo loco por la rampa, este correcaminos se llevó un esguince para casa en los años universitarios, cuando una gavilla de estudiantes, guiados por aquel gran autodidacta Alfonso Naharro Riera, todo un extremeño universal, nos íbamos metiendo en los mundos de los rastreos arqueológicos.

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Amontonamientos de bolos graniticos en el paraje de “El Canchal del rayu”. (Foto: F.B.G.)

El viajero, que habrá llegado sin novedad hasta el suelo, ha frenado en seco en la que denominan calleja de Loh Alacránih, la cual, a su vez, se bifurca en la de Loh Gamellónih y en la del Canchal de la Rehfalera.  Se desvía hacia el norte y, al poco, ya está pisando los asfaltos.  A escasos pasos, se alzó todo un bolo granítico, acampanado, conocido como El Canchal de la Ehquila, destruido al modificar el antiguo trazado de un cordel de merinas y transformarlo en carretera alquitranada.  Por lo que oímos relatar, debió ser toda una peña sacra, de ese orbe de las sacras saxas, pues todo apunta a que tenía un montón de cazoletas laboreadas en su granulosa epidermis.  La peña servía para gastar bromas a los chavales, que recibían una especie de bautismo de fuego al colocar su cabeza en una especie de reposadero u hornacina practicado en el cancho. Los adultos, que ya habían salido airosos de aquel bautismo, solían engatusar a los muchachos diciéndoles que, si colocaban en el reposadero sus cabezas y cerraban los ojos, oirían unos armoniosos y angelicales sones de campanillas o esquilas.  Y en cuanto lo hacían, las grandes manazas campesinas les daban un chocotón (golpe en la cabeza) contra la roca. Y del porrazo, sonaban las esquilas y también se veían las estrellas.  Este hecho, que puede ser tomado como una pesada broma, tuvo, en otros tiempos, según los trabajos de campo realizados, gran relación con los ritos de paso que se llevaban a cabo en torno a ciertas peñas sacras.  Lo que se pretendía es que el golpe, asestado sobre un roquedo dotado de especial simbología mágico-religiosa, despertara la mente de los zagales, a fin de adquirir los necesarios conocimientos para navegar por la vida.   Formaciones rocosas todas ellas relacionadas con espíritus locales (numina loci) y de los que ya se borraron las leyendas que los rodeaban.

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“Laguna del Monti”, en la frontera septentrional de los Montes de Cáparra. (Foto: F.B.G.)

Unos metros más allá, a su diestra, el viajero se topará con la Laguna del Monti.  Es uno de los puntos fronterizos más septentrionales de los Montes de Cáparra.  Ahora, tendrá que abandonar los asfaltos y zancajear por campo a través para dirigirse, casi en el entronque de las tierras graníticas con las pizarrosas, hacia la Juenti Fernandu.  Pero hay que darle un respiro, con el fin de que se siente un rato junto a la laguna.  Y allí, contemplando sobre la superficie acuosa, en los días que ya anuncian la cercana primavera, toda una explosión de nenúfares y correhuelas, ranúnculos, carrizos, aneas y el verde oscuro de las lentejas de agua, es muy posible que José Ángel Buesa, con sus aguamelados romanticismos, asalte su memoria y le haga declamar sentidos versos:

Te digo adiós, y acaso con esta despedida

      mi más hermoso sueño muere dentro de mí…

     Pero te digo adiós para toda la vida,

     aunque toda la vida siga pensando en ti…

Imagen superior: Vista general de “El Canchal de la Rehbalera”.  (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil. Las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

Publicado el 5 de marzo de 2020

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