Los 3 Amigos Majos. Cuento de Navidad (III)

Leones, tigres, jirafas y otros faunos de la selva, normalmente salvajes, les miraban a su paso sin intención de agredirles al tiempo que alzaban una de sus patas delanteras a modo de saludo.

Empezaba a atardecer y los chicos notaron que sus porteadores aceleraban la marcha convirtiendo el trote en rápidas zancadas Los pájaros que les acompañaban y cantaban durante su travesía fueron desapareciendo. La selva se iba abriendo cada vez más haciendo que su camino apareciera despejado, sin grandes plantas y frondosos árboles. El silencio, solo alterado por el fino soplo del viento, empezó reinar a su alrededor. Delante de ellos se empezaba a vislumbrar el horizonte que, tiñéndose de un rojo intenso, les avisaba de la llegada de la noche.

Fue entonces cuando los animales que les transportaban comenzaron a correr a gran velocidad, el paisaje se iba desvelando ante ellos llano y sombrío. Ya no veían hierba ni árboles, ni tan siquiera rastros de maleza.

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Corrían por una superficie casi plana de apariencia blanda, arenosa, dorada, solo sombreada por dunas. Pronto se dieron cuenta que se deslizaban por la llanura de un desierto. El cielo, ahora de un intenso color azul oscuro, empezó a plagarse de luz de luna y millones de estrellas iluminaban su carrera.

Señalando hacia el cielo con su mano, Manuel advirtió a sus amigos de la presencia de una intensa luz, una estrella más brillante que las demás que parecía bajar lentamente del cielo acercándose a ellos. Desde lejos, vislumbraron una llamas de hoguera; algo que parecía un pequeño poblado en el desierto. Cuando llegaron allí, los zancudos frenaron su carrera y se aproximaron a paso lento a lo que podría ser un establo de ganado, pequeño y humilde.

En el cielo, a poca altura, la intensa luz que habían visto permanecía quieta, ahora más estrella que nunca, esparciendo su luminosidad sobre ellos. Dentro del refugio solo se apreciaba una escasa y temblorosa luminosidad producida por una pequeña fogata que apenas iluminaba el interior. Los zancudos plegaron sus patas permitiendo que Manuel y sus dos amigos pudieran bajarse de ellos. Intrigados, se acercaron a aquel lugar. Vieron dos animales que abrigaban un pequeño pesebre forrado de paja en el se encontraba recostado un niño. Al lado de él una mujer y un hombre les miraban con cariño.

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Manuel, Pedro y Juan presintieron que su viaje había finalizado. Se descolgaron las mochilas con todo lo que tenían dentro y las pusieron a los pies de aquella modesta cuna. Notaron como aquel niño les miraba de una forma especial y les invadió una tremenda alegría mientras observaban aquellos ojos llenos de amor y agradecimiento.

De repente y sin consciencia del tiempo, escucharon voces conocidas que les llamaban por sus nombres. Estaban cada uno en su propia casa y sus padres les avisaban para cenar y así celebrar la Nochebuena en familia. Tiempo después los tres amigos majos se reunieron en casa de Manuel. Estaban felices, cantaban y lloraban de alegría compartiendo un secreto que nunca nadie sabría y que ellos jamás olvidarían.

Tercer y último capítulo de este cuento de Navidad original de Alfonso Trulls. Puedes leer aquí el primer capítulo y el segundo en este enlace.

 

Publicado el 6 de enero de 2020

© Planveando Comunicaciones SL

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