Esas antiguas ferias de Santibáñez El Bajo

En memoria de las antiguas ferias de nuestras villas y lugares dinamitadas por una maldita globalización sin raíces ni identidad y por una modernidad mal entendida, aliadas siempre a las trabas y zancadillas burocráticas y acérrimas enemigas de la ruralidad.

Recuerdos que van quedando en el vagón de cola nos traen ecos de los primeros días de junio, cuando la localidad de Santibáñez el Bajo no se encontraba tan envejecida y celebraba unas sonadas y brillantes ferias.  Tiempos de primavera, con el pahtu guañau en loh pláuh (heno segado en los prados) y los ganados muy lucidos, con las ancas redondeadas y muchos kilos alcanzados de forma natural, sin clembuteroles, rotodrines o salbuteroles u otros medicamentos anabolizantes, que solo generan grasas saturadas y altos niveles de hormonas esteroides.  Prohibidos por ley a causa del daño a la salud humana, pero que, según se comenta por muchas comarcas, los siguen utilizando algunos ganaderos bajo cuerda y, al parecer, con la connivencia de algún matadero y algún veterinario. Refieren que hay animales que se cargan de noche y toman rumbos desconocidos. El caso es que el ganado engorde de la forma que sea y ponga muchos kilos en la báscula.

En el rodeo de ganados no podía faltar la figura ambulante del “Tíu de loh jeláuh”. El paisano Ladislao Panadero Blanco, “Ti Ladi”, saborea un rico helado (Foto: “Pulgar”)

Días de junio que, a veces, traían calores pegajosos, formándose cumulonimbos de desarrollo vertical que generaban sonadas tormentas.  En otras ocasiones, se hacía realidad el viejo refranero: hasta el cuarenta de mayo, no le quites las mangas al sayo.  Incluso por estos pueblos se decía aquello de pol mayu quemó la vieja el ehcañu (banco de madera con respaldo que solía haber en la mayoría de las casas, junto a la lumbre de la cocina) y en juniu polque no lo tuvu”.  Se ponía de manifiesto que todavía no era verano y las temperaturas se podían venir abajo en cualquier momento.

Iniciaban su latoso y chirriante canto las cigarras, hemíptero de la familia Cicádea, que convertían los olivares en una estridencia ensordecedora.  Y las gordinflonas chichárrah (Ephippiger ephippiger), ortópteros de la familia de los saltamontes longicornios, pendían de las ramas de las escobas, retamas o piornos y también entonaban su letanía, pero más suave, con su aparato estridulatorio.  Excelentes estos insectos, según me cuenta mi buen amigo Ramón Blanco López, pastor por el paraje de “La Llaná del Roju”, en las inmediaciones de las ásperas márgenes del Alagón, para ensartarlos en un anzuelo y sacar del río enormes barbos.  Ramón, sobre el que se podría escribir toda una historia, me orienta, me guía y me alecciona, con su sabiduría ancestral y sus atinadas intuiciones naturales, en esta primavera para que lleve a buen puerto mis cartas arqueológicas sobre estas latitudes tan ricas en cuarcitas y que jamás pateó arqueólogo alguno.

Ramón Blanco López, pastor guijarreño (nativo de Guijo de Granadilla), en el “zajurdu” de “Lah Areníllah”, gran amigo mío, de despejada inteligencia natural y de gran sabiduría en Cultura Tradicional y guía para todo por los arcabucos y despeñaderos que asoman al río Alagón (Foto: F.B.G.)

Pero ya no se ven cigarras ni chicharras, ni otra variedad de insectos y de otras especies (microfauna y macrofauna) que tanto abundaban en nuestras infancias y adolescencias.  Las mochilas al hombro, cargadas de herbicidas y pesticidas (los campesinos los denominan anacrónicamente como “lah cúrah”), están acabando con todo lo que se mueve, a la que vez alteran la cadena trófica.

Eran aquellos junios una sinfonía de trinos mil entre zarzales y otras malezas; con cientos de tórtolas en las encinas de la dehesa boyal o con infinidad de lagartos ocelados correteando entre la broza, que daban para comer a rapaces, otros variopintos depredadores y a los propios paisanos.  Decían que el lagarto en salsa verde era uno de los platos más caros del hotel Alfonso VIII, en Plasencia.  ¡Qué deliciosos cuando los preparaban nuestras madres, bien fuera entomatados, o siemplemente asados en las brasas, con unos granos de sal!  Familias había, como la de Loh Patínah, que surtían a la Ciudad del Jerte de estos preciosos saurios, que los llevaban desollados y decapitados, ensartados en juncos o juncias, lavados, blancos y brillantes, asemejándose a idolillos marfileños de épocas pretéritas. Y con los lagartos, llevaban ranas, espárragos silvestres, criadillas, regajos o pamplinas y otras plantas usadas para los más diversos fines. Todos estos productos daban un toque altomedieval al secular mercado de los martes en Plasencia.

Haciendo un desplante al novillo, cuando la Banda de Hervás tocaba el himno de Riego o republicano (Foto: Archivos Chelo Jiménez García)

Pues en aquellos junios que se alargaban como un día sin pan vinieron a nacer las ferias del lugar de Santibáñez, al que le pusieron el remoquete de El Bajo, cuando, en realidad, nació sobre el cerro de La Cuehta, flanqueado por los riachuelos de El Pizarrosu y el llamado Arroyu de Lah Cravellínah, de Lah Juntaníllah o de La Juenti.

Lo suyo es que, para distinguirlo de Santibáñez el Alto, que se encuentra en la Sierra de Gata y en la cima de una pequeña montaña, le hubieran bautizado como Santibáñez de Granadilla, tal y como se hizo con otros pueblos pertenecientes a la comarca histórica de Tierra y villa de Granada, metrópolis que pasaría a denominarse Granadilla y que devino en despoblado en 1955, al ser forzados sus vecinos por los jerarcas de la dictadura franquista a abandonar la villa a causa de construirse el embalse de Gabriel y Galán en sus inmediaciones.

Preciosa panorámica de Santibáñez el Bajo (Foto: Blog Provincia de Cáceres)

En los archivos municipales del lugar, leemos que, en una sesión extraordinaria celebrada el día 12 de abril de 1930, siendo alcalde el vecino Fausto Casas Gutiérrez, se acordó enviar un oficio al Gobernador Civil, con el objeto de solicitar la celebración de un mercado de todas clases de ganados todos los sábados, así como una feria ganadera los días 1 y 2 del mes de junio en el Ejido Patero, conocido por el pueblo como El Legíu.  El mercado jamás fue concedido, pese a las reiteradas peticiones.

Se habla que el mercado, junto con una gasolinera solicitada por el vecino Daniel Basquero Blanco y la carretera proyectada a través de la dehesa boyal y que iba a salir al kilómetro 72 de la carretera comarcal Hervás-Valverde del Fresno-frontera portuguesa, no se llevaron a cabo por la oposición de un cacique comarcal: el terrateniente Faustino Monforte Arrojo, con mucha oscura y manipuladora mano en las instituciones provinciales y fanfarrón donde los hubiera.  Según relatan los comarcanos, cuando se hartaba de beber en las tabernas, gritaba para que todo el mundo le oyera: En esta demarcación de Granadilla, no se mueve una hoja de un árbol sin que don Faustino lo ordene.  Su residencia se repartía entre Ahigal, Zarza de Granadilla, Casar de Palomero, Plasencia y Cáceres.  Al ser tomado estos pueblos por las milicias franco-fascistas en el verano de 1936, fue nombrado presidente de la Comisión de Depuración de Responsabilidades Civiles de la zona, donde también se encontraban Carlos Rodríguez (alcalde de Zarza de Granadilla, nombrado por los franquistas), el clérigo Celestino Rivera y Pedro Cano, teniente de la Guardia Civil.  Ellos eran los encargados de confeccionar las listas negras donde figuraban los rojos de la comarca, para que se les diese el escarmiento correspondiente.  Los paisanos comentan que el día que falleció no encontraron ni gente para que pudiera llevar el ataúd al camposanto.

Pero las ferias sí fueron concedidas al poco de hacerse con el Gobierno los partidos republicanos. El Ayuntamiento se volcó en pleno: Con el fin de fomentar en lo posible la feria de nueva creación y para que sirva de estímulo a los señores feriantes que la honrarán con la asistencia  de su ganado, la corporación municipal, a pesar de los escasos medios con los que cuenta este municipio durante al actual ejercicio para funciones y festejos, acordó por unanimidad donar dos premios: uno de 50 pesetas para el mejor ejemplar de ganado vacuno que concurra al real de la feria y otro de 25 pesetas para el mejor ejemplar de ganado porcino.

Se inauguraron en junio de 1931 y ya, en 1932, tenían gran resonancia no solo comarcal o provincial, sino que a ellas dieron en acudir ganaderos con sus reses desde las provincias de Salamanca, Ávila y Toledo.  Por ello, en este año de 1932, se celebran por todo lo alto con una corrida taurina, donde tuvieron destacado papel el espada Ramón Silvestre (Valencia III) y los banderilleros Luis Mera y Agustín Quintana.  El cartel habla de que presidirán la corrida bellas y distinguidas señoritas, asesoradas por las autoridades y que pedirá la llave en un lujoso caballo un distinguido joven de la localidad.  Igualmente, se expone que animará el espectáculo la Banda de Música de Hervás, la que tocará bonitos pasodobles.  También se anuncian grandes bailes a cargo de la citada banda en los salones de la población.

*Las opiniones y fotos publicadas en este artículo son responsabilidad de su autor.

Foto de cabecera: Reses vacunas en torno a la antigua “Laguna del Lejíu”, hoy engullida por la modernidad, en una feria de hace muchas lunas (Foto: “Pulgar”)

Publicado el 10 de junio de 2019

la pitarra del gordo

Colaborador de planVE

 

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