Aguardando la mágica noche de San Juan en el Covachu de lah Péñah (II)

Mi suegru, al que le dicían Ti Grigoriu “Parra”, tenía pol cohtumbri pelal únah cuántah de torvíhcah la nochi de San Juan.En cuántih era la medianoche, se iba en cata d,éllah, en algún güertinu cerca del pueblu, y desollaba lah torvíhcah y lah tenía toa la nochi lah corréah  que sacaba al serenu, que dicía que asín tomaban lah plántah la vertú. Aluegu, metía lah corréah de lah torvíhcah, al desotru día, en un sacu o en una talega y lah ponía al temperu de la frehcanza, al remoju   d,algún charcu o d,alguna noria, pa que no s,ensecasin y ehtuviesin  tiérnah, y eh que si s,ensecaban perdían la vertú.  Y eh que la torvihca  aserená en la nochi de San Juan vali pa múchah cósah: pa cortal la  mala sangri de lah mujérih, pa detenel lah morrágiah, pa ehpantal lah  brújah de lah cámah, pa átala a loh rábuh de lah cábrah y lah ovéjah y atajálih la cagalarea, pa échala en loh corrálih y ehpantal lah púlgah y pa que se muriesin loh piéjuh de lah gallínah y yo qué sé pa cuántah cósah máh… (Entrevista realizada a Felipe Caletrío Esteban, de 77 años, curandero. Tierras de Granadilla, 24 de junio de 1989).

Panel con variopinto material lítico en una de las covachas que asoman sus fauces al Alagón (Foto: F.B.G.)

El ingenioso pastor Ramón Blanco López, en compañía de M. Carmen Azabal, sobre la atalaya rocosa desde la que se otean los parajes de “Lah Péñah” y el caudaloso río Alagón (Foto: F.B.G.)

Bajando hacia el Covachu de lah Péñah por un camino que es una extensa plataforma rocosa en algunos tramos, desgastada por el paso secular de hombres y caballerías, el viajero inquieto y al que le cuece la sesera con mil interrogantes se preguntará una y otra vez por las mil formas de los cantos facetados que le salen al encuentro.  Se aprecia en algunos la técnica Lavallois aplicada por los grupos del Musteriense a la hora de la talla lítica: se tomaba cualquier piedra galápago o riñón de cuarcita, de los muchos que hay por estas tierras que pisamos, y se le desbasta en toda su circunferencia.  Se pela su exterior o superficie superior y se dispone un plano de percusión en uno de sus bordes.  Se golpea y de tal nódulo se extrae un núcleo, el cual, a su vez, es golpeado por un percutor blando (mazo de madera o un cuerno de animal).  Así se hacen saltar lascas Levallois.  No es difícil dar con ellas a poco que la vista esté educada para ello.  Núcleos los hay de todo tipo por estas latitudes, aparte de los pertenecientes a esa técnica de lascado cuyos primeros ejemplares fueron hallados, en el siglo XIX, en las inmediaciones de la localidad de Levallois-Perret, en el departamento francés de Altos del Sena: núcleos discoides, prismáticos, de láminas y laminitas, unipolares, centrípetos, piramidales…

Ramón Blanco, siempre con su cayada pastoril en la mano, posa con M. Carmen Azabal junto a los recios muros del “Lagal Vieju” (Foto: F.B.G.)

Choppers, chopings tool, bifaces, monofaces, escotaduras, laminas, hendedores, triedros, cuchillos de dorso, denticulados, lascas mil…  Muchos artefactos líticos aún sin bautizar.  Nosotros nos hemos atrevido a echarle no agua bendita sino laica a un tipo de raedera, bautizándola como raedera cresta de gallo, pues así se lo ocurrió a nuestro querido pastor Ramón Blanco, echando mano de su característico y agudo ingenio.   Numerosos artefactos líticos y algunos, dentro de nuestro contexto arqueológico, sin paralelos.  Pero no seremos nosotros los que, ante una creación litológica diferente a otras conocidas o con una nueva técnica lítica, osemos hablar de la aparición de una cultura nueva.  No bastan los fósiles-directores para lanzar conjeturas sobre nuevas secuencias culturales.  Ni tampoco las estadísticas solucionan todos los problemas.  Bastante tenemos con resolver cómo agrupar el tipo de familias líticas: por analogías funcionales o morfotécnicas.

Las penumbras del atardecer se van apoderando de los “cováchuh” camuflados entre el montizal (Foto: F.B.G.)

Ramón dando explicaciones acerca de la encastillada casa de los lagareros (Foto: F.B.G.)

A medida que descendemos hacia el Lagal Vieju, antiquisima almazara cuyas piedras molederas movía el arroyu de Lah Treh Crúcih, y entre cuyos algorines (chiquéruh les dicen por estos pueblos) se ven ya crecidas encinas y alcornoques, a la derecha, sobre un risco, se observa una cruz laboreada a conciencia, con remates prometeados.  ¿Acaso un símbolo de la cristianización de aquellos parajes?  No es el simple cruciforme que se solía grabar antiguamente para señalar deslindes y amojonamientos.  Esta cruz entraña algo más, pero el curioso averiguador no puede descifrar todos los interrogantes.  Escasos metros antes del lagar, justo en el punto en que arranca la calleja que conduce al Molinu Simón, a la izquierda, hay una accesible peña desde donde se abarca la inmensidad acuosa del Alagón, en la que sobresale aquel  puente romano, conocido como el Pontón del Guiju, que, piedra a piedra, fue cambiado de lugar para no perecer ahogado bajo las procelosas aguas que ahogaron las alquerías jurdanas de Martinebrón y Arrofranco y las mejores tierras de la villa de Granada (luego, Granadilla, y hoy devenida en despoblado).  Enfrente, en la otra margen, el emblemático manantial conocido con el bello y fabuloso nombre de la Juenti del Ehpeju de loh búrruh.  Y por las Návah, las Tejonérah y los Zajurdónih, montes espesos donde los haya, se asciende a la Mesa de Monfrontín.  Hacia el meridión, el paraje de Lah Brújah, tan a tono con esta mágica noche.  Y a menos de un cuarto de legua de tal lugar, el sitio de El Cahtilleju, con tantas resonancias históricas (o prehistóricas, que aciertan más que yerran).

El pastor que mejor conoce todos estos breñales aparece, una vez escondido el sol, con un ramo de “tomillu cabezón”, “torvíhcah” y alguna mata de verbena o hierba luisa (Foto: F.B.G.)

M. Carmen Azabal señala el petroglifo de la cruz cincelada con especial perfección (Foto: F.B.G.)

El gran camarada Ramón Blanco, como ya dijimos más arriba, el que vale para un roto y un descosido, es el mejor guía.  Y no es extraño que, apenas el astro rey regace las bermejas sábanas de su gigantesca cama, se le presente al trotacaminos con un ramillete de tomillu cabezón (el que se emplea para quemarlo en las rituales hogueras de San Juan) y de torviscos (por estas villas y lugares las nombran en femenino: lah torvíhcah).  De su boca puede escuchar la fórmula mágica para evitar que los garulléruh (gente dada a la garulla, o sea, confabulada para robar de noche en los huertos) hiciesen estragos en los sandiales.  Es preciso arrancar la piel a las torvíhcah, cocerlas bien cocidas y poner el agua de la cocción al sereno de la noche sanjuaniega.  Al día siguiente, antes que el sol asome, se regará con tal agua las raíces de las sandías de pega, las que se siembran en sitios estratégicos, para que piquen los de las uñas largas, las calen y, probándolas, les venga un sabor horrible a la boca.  Así, pensando que todo el sandial está infectado, saldrán con los pies en polvorosa.

Y entre el tomillu cabezón y las torvíhcah, puede que vaya alguna mata de verbena o hierba luisa.  Refieren los lugareños que dormir con una de estas plantas bajo la almohada en noche tan fascinante y seductora servirá para atar con férreos lazos a ese amor sonámbulo y perdido entre las brumas del invierno.  ¡Qué más quisieran esos rimadores de estrofas que no dan tregua al día ni a la noche, soñando a cada hora con aquella ninfa de enigmática belleza que nunca sumergió sus añiles pupilas en las aguas del Alagón!  Comienza a anochecer y el Covachu de lah Péñah está a una docena de pasos.  El escalofría recorre los espinazos de los aventureros.  ¿Qué les deparará el penumbroso y recóndito abrigo rocoso…?

Ramón muestra una lograda lasca “Levallois”, musteriense, hallada por tan fragosos terrenos (Foto: F.B.G.)

Foto superior: El perro “Rebelde”, con el Alagón al fondo, a la entrada de una de los abrigos rocosos (Foto: F.B.G.)

Texto y fotos de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil. Las opiniones y las imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

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Publicado el 27 de junio de 2019

 

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