Aguardando a los reyes entre las breñas del Charcu Jerreru

Siguen las escarchas encarambanando el terreno.  Se introducen hasta en el monte pardo y dejan toda una pelusa blanquecina y dura sobre el apergaminado suelo.  Es el tiempo de ello y, como afirman los labriegos de estos territorios norteños de la Extremadura bellotera, el tiempu que jadi el su tiempu, no eh mal tiempu.  El perro Rebelde anda a lo suyo: olisqueando allá y acullá.  El viejo refranero es claro y preciso: Perro que mucho anda, el hueso halla.  Pero lo cierto es que por estas estórdigas que, a veces, se vuelven garrigas y chaparrales, fruto de la degradación del antiguo bosque de robles, solo se ven algunos descalcificados e insustanciales huesos de reses ovinas o vacunas a las que la parca las acuchilló en su propio terreno.

El Charcu Jerreru, toda una temerosa poza en los estíos (Foto: F.B.G.)

Núcleo achelense de cuarcita, una pieza más de las que se desparraman entre las densas escobas, piornos y retamas (Foto: F.B.G.)

Muy cerca de la ensortijada Rivera, el berrocal se apodera del paisaje.  Sobre las riberas de la Rivera se yerguen añosos alisos, azahócih (salgueros), mimbreros, saúguh (sáucos) y algún que otro chopo y algún que otro álamo.  Entre sus troncos, toda una maraña de zarzas, tamujos y enredaderas.  La corriente rueda con ímpetu y espumarajos en sus mil vueltas y revueltas en torno a los granitos porfídicos, sometidos a una continua erosión fluvial.  Por aquí, los paisanos llaman a esos parajes con el nombre del Charcu Jerreru.  Y distinguen dos grandes pozas que, en los estíos, invitan a los chapuzones y a bucear entre barbos, bogas, culebras de agua y alguna nutria.  Pero siempre tuvo fama la Rivera de traicionera.  No vaigáih a bañálvuh en la Rivera, que tieni múchah tinájah y voh podéih ajogal, les advertían las madres a sus hijos cuando éstos comenzaban a levantar las alas.  Tinajas o marmitas de gigante, formadas por el milenario rotar de los cantos rodados de cuarcita dentro de estos pilancones.

El astro rey se va escondiendo más allá de este ameno y recogido valle (Foto: F.B.G.)

Denticulado achelense, en lasca (Foto: F.B.G.)

Y cuarcitas trabajadas son las que recogemos entre estos escobares y piornales.  Factura claramente Achelense.  Algún que otro pétreo cuchillo, utensilios denticulados, algún perforador, alguna punta y alguna raedera.  Trabajos en lasca, característico de la talla lítica del modo 2 y que nos llevan a un Achelense Medio.  Cien mil años atrás, como mínimo.  Rastrear de manera concienzuda nos depararía otros hermosos regalos en esta jornada en la que llegarán a los pueblos del contorno tres legendarios Reyes Magos, cargados de generosas dádivas, envueltas en satinados papeles de los grandes almacenes.  Sociedad capitalista y consumista.  Más ilusionantes y fascinantes los austeros Reyes (mejor si hubiesen sido republicanos) de nuestras infancias.  Hoy, cualquier chavalín tiene un regalo a cualquier hora.  Seguro que los tres Reyes no escucharon o no atendieron las quejas de otro afamado rey que protagoniza algunos cuentos de tradición oral de la zona: Jartu de cabritu y de perdí, el rey gahpachu mandó pidil.

Al cuidado del utillaje lítico hallado en el mucho zancajear entre los breñales. Al fondo, la Peña Sacra, que Ti Miliu Santana la llamaba la Peña Moruna, según oyó contarlo a sus mayores.

Anochece en los breñales del Charcu Jerreru (Foto: F.B.G.)

El perro Rebelde se cansa de husmear y trota en pos de este correcaminos. Loh pérruh dan mucha caraba, refiere la gente de estas villas y lugares.  ¡Cuán cierto es!  También lo dice otro adagio: Compañía de dos: mi perro y yo.  Puesto que no llevo jalón alguno encima, el perro sirve de referencia métrica y comparativa.  Le animo a subir por la mole granítica de una Peña Sacra, cuyos entalles, muy erosionados por los siglos, para colocar los pies y acceder a su cúspide están medio camuflados entre líquenes y musgos.  Hombres, tal vez de la Prehistoria más reciente, cincelaron sobre la roca cazoletas, un ventanal con repisa y otros signos oscuros y medio borrados.  Se nos escapan los ritos que allí tuvieron lugar, pero la leyenda pervive.  Emilio Caletrío Montero, al que conocían por estos contornos como Ti Miliu Santana, o también El Burrancu, un noble y buen amigo mío, llamaba a este risco como la Peña Moruna.  La retahíla se la sabía de memoria: Baju la Peña Moruna,/ hay un arca con monéah;/ el que la sepa encontral,/ tendrá la vida resuelta.  A no muchos metros, se repiten las cazoletas en otro cancho.  Pero aquí piquetearon los desquiciados fanáticos el roquedo y destrozaron la mayoría de los grabados.  Un signo con pinta de antropomorfo cruciforme nos hace pensar más en una huella cristianizadora, dogmática e intransigente, dispuesta a borrar de la faz de la tierra cualquier atisbo de paganismo.  ¡Cuánto habría que hablar sobre estos berrocales que si nos imponen y deslumbran a nosotros en esta soleada tarde, mil veces más asombrarían a nuestros errantes antepasados!  Alguna pesa de red revuelta entre cuarcitas rojas y pequeños fragmentos de vasijas hechas a mano, con mucho elemento desgrasante, tan desgastados que lo mismo podríamos fechar en el Neolítico que en oscuros tiempos tardoantiguos.

El antropomorfo cruciforme que devino en cruz intransigente y dogmática. Petroglifo destrozado a escasos metros del Charcu Jerreru (Foto: F.B.G.)

Relata otro dicho aquello de tarde o temprano, no hay perro que no se parezca al amo.  Y no marra.  Porque Rebelde se para en seco y escarba con sus patas entre las grietas de un peñasco.  No sé lo que busca, pero allí aparece un hacha pulimentada y fragmentada.  Solo conserva su mitad, donde se encuentra el filo. Grisácea, con muchos reavivados y un soporte material que podría ser gneis u otra roca metamórfica semejante.  Nada que ver con las cuarcitas de fractura concoidea utilizadas en el Paleolítico.

El astro rey se escapa por momentos.  Ya andarán lanzando cohetes y no tardarán en salir otros reyes por plazas y calles de nuestras aldeas y lugares.  Revuelo de madres y algarabía de chiquillos.  Se han levantado rachas de aire cierzo.  Esta noche no helará, pèro… ¿sabéis lo que dicen por estos pueblos de ese viento?  Lo que sigue: El añu malu, de nochi corri el cierzu y de día el solanu.  Aún quedan unos apagados rayos sobre la cima berrocosa y me ronronean los románticos requiebros de aturquesadas siluetas que se recortan en el ocaso.

Emilio Caletrío Montero, TI Miliu Santana, campesino extremeño que tuvo la suerte de ser uno de los 294 supervivientes, sano y salvo, del naufragio del barco Castillo de Olite, hundido por las baterías de costa republicanas el día 7 de marzo de 1939. De los 2112 soldados que transportaba, perecieron 1476 y resultaron heridos 342. Descanse en paz en el Reino de la Nada (Foto: Archivos F.B.G.)

Aún permanecen encendidos.  Siempre se avivan en mis rastreos etnoarqueológicos, cuando me sumerjo en la intrahistoria de nuestras humildes gentes de los septentriones extremeños.  Sopla el cierzo.  Anochece y hay que retirarse a los cuarteles de invierno.  La bóveda celeste se ha vuelto un mar que se me antoja de azuladas estrellas.  Otras pupilas añiles seguramente también la estarán mirando.  Me llegan los versos de León Felipe:  Ahora de pueblo en pueblo/ errando por la vida,/ luego de mundo en mundo errando por el cielo/ lo mismo que esa estrella futitiva…/ ¿Después?…  Después…/ ya lo dirá esa estrella misma,/ esa estrella romera/ que es la mía,/ esa estrella que corre por el cielo sin albergue/ como yo por la vida.

Canto achelense trabajado (Foto: F.B.G.)

Hacha fragmentada y pulimentada, sacada por el perro Rebelde al escarbar entre los canchos (Foto: F.B.G.)

El perro Rebelde encaramado en la Peña Sacra. Se observa el ventanal practicado en la misma (Foto: F.B.G.)

 

Publicado el  9 de enero de 2019

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