Por los montes de Cáparra: La piedra Ehcachá (IV)

Dicían de pa,trá, loh agüéluh nuéhtruh, que, en el covachu de la Piedra Ehcahcá, ehtuvun arriáuh loh móruh,

peru dio en habel una  tormenta que iba el agua de maramonti y cayó un rayu temerosu sobri el covachu y rajó loh canchálih a cincel, que a la vihta ehtán loh peñáhcuh ehcacháuh, y pol esu le dicímuh la Piedra Ehcachá. Ahí, a lo frehcu, he dormíu yo la siehta múchah vécih, cuandu andaba de pahtol pol la jesa, que me la conozu mejol que la palma de la mi manu (…)

(Información recogida a José García Domínguez, pastor y genial tamborilero que fue del pueblo cacereño de Aceituna).

José García Domínguez, (“Tíu José el Pahtol”) emblemático tamborilero y conocedor como nadie de los recovecos y humedales de la inmensa dehesa de los robles, ya fallecido (Foto: Archivos TVE)

Sorpresas para el viajero

Los antiguos Montes de Cáparra no dejan de deparar sorpresas al viajero. Tío José El Pahtol nos mentaba a los mitológicos móruh como antiquísimos inquilinos de una amplia covacha, conformada por el hacinamiento de enormes bolos graníticos. Y efectivamente, allí se observa parte del roquedo dividido por enormes tajos, como si hubieran sido realizados por una gigantesca máquina de corte láser o de hilo diamantado.

Vista general de la covacha. Foto: F. B. G.

 

Otra vista de la covacha, observándose perfectamente las rocas fragmentadas y que la tradición achaca a la caída de un rayo. Foto: F. B. G

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nos habla Tío José de un rayo, pero nuestro buen y gran amigo Juan Gil Montes, al que hace crecientes y menguantes que no le vemos, prestigioso geólogo, nos cuenta lo siguiente: Los bolos graníticos típicos de los berrocales se han originado por meteorización química sobre rocas magmáticas, las cuales tienen un núcleo más resistente, pero en superficie se van “descamando”, como las hojas de una cebolla. Y nos sigue relatando que estos riscos (piédrah moléñah les dicen los campesinos de por estas latitudes) pueden formar covachas en sus amontonamientos, y si alguno de ellos presenta alguna fisura o diaclasa, puede partirse en dos simplemente por los cambios bruscos de temperatura (meteorización mecánica).  Un rayo puede lograr el resquebrajamiento, pero si previamente el bloque presenta planos de fracturas originados por otros fenómenos geológicos.  El rayo favorecería la separación de los bloques previamente diaclasados por esfuerzos tectónicos o por meterorización mecánica.

Juan Gil Montes, geólogo y subdirector científico del Geoparque Villuerrcas-Ibores-Jara. Foto: Archivos Juan

Cantos del Paleolítico Inferior

Aprendida la lección de nuestro querido geólogo, nuestro viajero, si es época de ello, podrá, como Tío José, echarse la siesta, sin miedo a que sus ronquidos, ampliados por la caja de resonancia de la covacha, los oigan en el cercano pueblo.  Después de roncar a sus anchas, puede inspeccionar con sus ojos de dilatadas pupilas y su mente cargada de inquietudes e interrogantes lo que se contiene entre aquellas paredes rocosas.  ¿Qué pintan allí cantos trabajados del Paleolítico Inferior (Achelense), unos semienterrados y otros claramente al descubierto?

M. Carmen Azabal examinando material achelense a la puerta de la covacha. Foto: F. B. G.
Uno de los “apartaízuh” (sala) de la covacha de la “Piedra Ehcachá” (Foto: F.B.G.)

El covacho ha sido removido a lo largo de los siglos o milenios.  Ha servido de encerradero para ovejas y puercos.  Tiene cabida para dormir en él una familia de una docena de miembros.  Todo apunta a que ciertos vanos fueron taponados ex profeso por bloques de piedra que aparecen arrumbados en las inmediaciones, así como por ramajes.  Había que evitar el agua y los fríos.  Ese pétreo refugio era ideal para nuestra gente prehistórica: unas simples reformas y ya tenían un hogar para muchísimos años.  Talla lítica achelense: todo un oasis en medio de un vastísimo yacimiento musteriense que se extiende por cientos de hectáreas en una dehesa comunal y boyal, con 16 lagunas, infinidad de humedales y miles de robles.

A un tiro de honda del covacho, una peña con cazoletas, lo que nos lleva a pensar en la Prehistoria más reciente.  Fragmentos de cerámicas calcolíticas y de molinos de vaivén o barquiformes también se pueden discernir si el viajero aguza la vista como un lince entre los claroscuros del rocoso abrigo.

Panel con cazoletas (petroglifo) a un tiro de honda de la covacha. Foto: F. B. G.

Añicos de otro utillaje cerámico más moderno también se rastrean por sus rincones.  Muchas meriendas se habrán comido allí.  La dehesa siempre estuvo enormemente antropizada.  Gañanes, pastores de ovejas, porqueros, segadores, cazadores, leñadores, piconeros o carboneros se tiraban temporadas enteras recorriéndola con sus abarcas y ataviados con sus zajónih (zahones), zamarras y sus sombreros de paño (en el estío, hombres y mujeres gastaban curiosos sombreros o gorras fabricados con el bálago o paja de centeno).

Denticulado (talla lítica) en laguna de la “Piedra Ehcachá”. Foto: F. B. G.

Todo un mundo lítico

Hacia el saliente, a un tiro de piedra, la laguna que lleva el mismo nombre que la covacha.  Cuando merma su caudal en los agostos, van asomando los hocicos cientos de cantos trabajados en cuarcita roja.  No tan robustos ni tan pesados como los que se rastrean en el abrigo de La Piedra Ehcachá.  Los regatos y arroyuelos inmediatos, que han abierto brecha a lo largo de los tiempos, pistas forestales con sus cunetas, cortafuegos y otros socavones, como las charcas de las fincas colindantes a la inmensa dehesa de los robles, rotos sus estratos por la acción de la naturaleza o la mano del hombre, enseñan todo un mundo lítico inmerso en las oscuridades del Musteriense.

Utillaje musteriense en la laguna de la “Piedra Ehcachá”. Foto: F. B. G.

Ahora, en estos días invernales, las diminutas corrientes fluviales de esta dehesa muestran, a través de sus transparentes aguas, sus lechos pavimentados de puñados de sanguinas piedras deslascadas, reavivadas y retocadas.  Si el viajero hubiera conocido a Tíu José el Pahtol cuidando de sus ovejas por estos pastizales, seguro que le habría recitado aquella coplilla que hace mención a uno de estos regueros:

 

¡Cuántu tiene que contal el regatu de San Pedru, que Dióh le jidu la cama  con piédrah bajáh del cielu!

Tíu José oiría el dicho de sus mayores.  Las rojizas cuarcitas, trabajadas por los neardentales, ya suscitaron la curiosidad de los tatarabuelos de la zona, que las creían bajadas del cielo.  No eran en sí piédrah del rayu, que éstas eran las hachuelas, mal llamadas votivas, del Neolítico y el Calcolítico; pero también formaron parte de sus mitologías y no es de extrañar que se integraran en el mundo de sus simbologías y sus realismos mágicos, muy diluidos y camuflados en la oralidad de las bocas más antañonas.  Mas de ello ya hablaremos en capítulos que aún tenemos guardados en nuestros morrales y bandolas.

Por los montes de Cáparra III, hacia la rivera de Santacruz

Publicado el 11 de diciembre de 2018

Lee más de Félix Barroso Gutiérrez en su columna A Cuerpo Gentil

 

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