Palimpsesto

Para mi abuelo Teodoro, que era un auténtico enamorado de su ciudad, Las siete centurias de la ciudad de Alfonso VIII, de Alejandro Matías, eran poco menos que la Biblia, casi un libro sagrado. Se lo había comprado con su hermano Ventura en una edición que se hizo por suscripción popular a principios de los ochenta y me lo acabó dando a leer, orgulloso, para que conociera también la historia de nuestra ciudad. No sé qué edad tendría yo entonces, no creo que más de doce o trece años, pero recuerdo que, contagiado por su entusiasmo, comencé a leerlo enseguida y que me choqué nada más empezar, en la misma introducción, con un texto titulado “Plasencia no fue Ambracia, sino Ambroz” que me resultó tan sumamente ininteligible y soporífero que no sólo no llegué a acabarlo, sino que durante años la simple alusión a cualquiera de los topónimos que pudieron haber nombrado, antes de su fundación, el lugar que hoy ocupa Plasencia me echaba para atrás, provocándome graves ataques de urticaria.

Después de tantos años de auténtica alergia, Ambroz, Ambrosía, Plasencia. Los nombres de una ciudad de la España medieval, de la profesora de Historia Medieval Gloria Lora Serrano, publicado Centro de Iniciativas y Turismo de la Comarca de Plasencia, no solo me ha curado de mi extraña dolencia, sino que además me ha hecho reconciliarme con el pasado remoto de mi ciudad, abriéndome los ojos, de paso, a un período fascinante, casi mítico, en el que la nuestra era una tierra indómita, sin ley, dejada de las manos de Dios y de Alá, en el que el orden y el poder parecían una quimera y en el que todo parecía por hacer.

En su libro sobre los orígenes de Plasencia, Gloria Lora se remite al período prerromano, a la época de los vetones, para ir dibujando un panorama de asentamientos pequeños y dispersos en el lugar en el que ahora vivimos, un enclave bien situado en el entramado de vías romanas que atravesaban nuestra región en el que acabaría por crearse, a finales del siglo VIII o principios del IX, en pleno dominio islámico, un pequeño núcleo de población llamado Ambroz impulsado por un caudillo muladí, ‘Amrús, para asegurar y pacificar la zona, y que fue el que en 1186 aprovechó Alfonso VIII para fundar una verdadera ciudad ut Deo placeat et hominibus, y, sobre todo, para afianzar el avance hacia el sur del reino de Castilla.

El libro de la profesora Lora tiene la enorme virtud de conjugar rigor y amenidad, de ofrecernos una versión más que plausible de los hechos, deducida muchas veces más a partir de indicios arqueológicos que de evidencias documentales, pero sin abrumar al lector con datos e información, dejándole con buen sabor de boca e, incluso, con ganas de leer y saber más, que es, quizá, una de las mejores pruebas de bondad que cualquier libro puede ofrecernos.

Escribí una vez un poema, que acabó formando parte de mi libro de poesía Cicerone, en el que comparaba nuestra Plaza Mayor con un palimpsesto en el que las sucesivas escrituras serían las vidas de las distintas generaciones de placentinos que, a lo largo de los siglos, han vivido y pasado por allí. Pues bien, Ambroz, Ambrosía, Plasencia, el libro de Gloria Lora Serrano, nos permite rascar hasta alcanzar las capas más profundas de ese pergamino, hasta alcanzar las huellas e imaginar las circunstancias que llevaron a unos hombres a hacer de este lugar su territorio, a convertirlo, al cabo de los siglos, en toda una ciudad, una inmersión fascinante que nos ayuda también, en buena medida, a averiguar quiénes somos y con la que hubiese disfrutado enormemente, sin duda, mi abuelo Teodoro.

 

Ambroz, Ambrosía, Plasencia.

Los nombres de una ciudad de la España medieval

Gloria Lora Serrano

Centro de Iniciativas y Turismo de la Comarca de Plasencia

15 euros

Publicado el 23 de noviembre de 2018

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de libro

Con VE de libro columna de Juan RAmón Santos en planVE

 

 

 

 

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