Por los montes de Cáparra III, hacia la Rivera de Santacruz

Atrás dejó el viajero unos agrios campos sembrados de túmulos, esos hitos paisajísticos que se levantaron para ejercer gran visibilidad.  Con el tiempo, servirían incluso de límites concejiles, siguiendo amojonamientos dictados por los mismos cuando eran clara referencia de fronteras entre tribus y entre tierra.  Separaban pastos y controlaban vías pecuarias.

Ovidio Rina López, el “canchaleru” que es todo un pozo de antigua sabiduría (Foto: F.B.G.)

Al otro lado del viejo cordel de merinas, del que dicen que venía desde aquella Capera o Capara al que el emperador Vespasiano le concedió en el año 74 d.C. el estatus de municipio latino, el curioso correcaminos que se patee estos graníticos terruños podrá ver una intrigante inscripción dedicada a tan supremo monarca romano.  Bajo el encinar adehesado, sobre un alomado risco, de no más de un metro de altura, una mano anónima, convertida ya en polvo cósmico, trazó el siguiente texto:  CAES.VES.P.F.RO.ET.DEP.IVDICATV (Caesar VES.P.(asianus).F(ecit). RO (…).ET.DEP (…).IVDICATV (M).  Toda una “petra notata”, que, junto a aquella otra del paraje de “Valcuevu”, por los riscales del “Tesu Altu”, nos hablan de cierto pleito entre amojonamientos.  Un “limes” romano del que podríamos desentrañar su misterio en el caso de descubrir la  tercera inscripción, donde casi seguro que se citan las tres comunidades objeto del pleito.   Habrá que conseguir la triangulación del círculo.  Quizás más al norte, bajo los robles de los pagos de “Caballitu” o “El Tesoru”.

Al fondo, desde “Loh Monehtériuh”, el pueblo cuyos orígenes está en la antigua ciudad de Ébura (Foto: F.B.G)

Posiblemente, el viajero se vuelva loco con tantos jeroglíficos.  En el capítulo anterior, le dejamos con los nombres de Eburus, Quinto  y Diana, insculpidos, junto a lo que Aniceto Hernández  Jiménez (Ti Cetu “El Arcaldi de la Cuehta”) decían que eran las garras de un tejón, y que nosotros pensamos que serían de un oso.

Un sarcófago de granito haciendo las veces de abrevadero en un “tinau” (tenada) del paraje de “La Peña del Milanu”.

Ti Cetu ya se fue para los agujeros negros de La Nada y el risco donde estaban grabados los nombres fue volado por los buscatesoros de turno.  Diana, que da nombre al arroyo que cruza estos términos, amalgamado a las aguzadas zarpas de un oso, nos llevan al siglo II de nuestra era y a la presencia de un bosque sagrado.  Seguro que llevaría aparajedo un rústico templo para mayor gloria de la diosa cazadora: Diana Nemorensis.  Y pasando a la onomástica de Eburus, ha de saber el viajero que, al poco de trasponer las moleñas de “La Valaguija”, unos tiros de honda más allá, aparecen numerosos vestigios de la que los lugareños llaman la antigua ciudad de Ébura.  Nadie se inventa un nombre así como así.  Ovidio Rina López es un simpático paisano que sabe muchas leyendas en torno a estas oscuras huellas.  “La ciudá d,Ébura la dieron de ardel pol loh cuatro cohtáuh la genti enemiga y se queó máh negra que un,aceituna, y, pol esu, al pueblu d,ahora le pusun el nombri de Aceituna”.  Y Ovidio, curtido campesino  y “canchaleru” para mayor honra (“canchaléruh”  son apodados los vecinos de tal lugar), nos señala para acá y para allá, dándonos explicaciones de lo que intuimos que eran las antiguas termas, alguna que otra prensa olearia, tumbas excavadas en la roca y sarcófagos, suelos con mosaicos, del sitio de “Loh Monehtériuh” (aquí dicen que hallaron la campana mayor que durante larguísimos lustros repicó en el campanario de la iglesia parroquial) o de miles de fragmentos cerámicos que salían, y salen, al realizar labores agrícolas.

Por aquí dicen que estuvieron los “báñuh de loh móruh” (posibles termas romanas). Foto: F.B.G.
El perro “Rebelde” vigila la “chimenea” de un grandioso túmulo (Foto: F.B.G.)

Pero el amigo Ovidio también nos refiere sobre las torticeras hazañas de los “piteros” (filibusteros de tierra adentro que recorren los terrenos con sus detectores de metales).  Y nos relata que, en cierta ocasión, estando laboreando en sus olivos, allí, al lado, uno de estos “piteros” sacó una moneda.  En ella, estaba grabado el nombre de Constantinvs “Tenía la cabeza de un hombri, con una diadema, pol un lau, y pol el otru al modu d,un cahtillu” –comentaba Ovidio.  ¿Acaso Flavio Claudio Constantino, hijo de Constantino “El Grande” y que pasaría a la Historia como Constantino II, allá por el siglo IV?  También nuestro siempre amigo y compañero de gloriosas andanzas, igualmente “canchaleru” de arriba abajo, Antonio Pérez Durán, nos contaba que, en sus años mozos, encontró una moneda que “brillaba como el sol”.  Fue en una finca de sus padres, donde la tierra se tragó a unos borregos.  Los buscaban y no daban con ellos.  Luego, repararon en un rehundimiento del terreno, al modo de un socavón, y aparecieron.  Las lluvias habrían reblandecido la tierra y los corderos cayeron en una posible “cella penuaria” (al modo de bodega subterránea, propia de algunas viviendas romanas o romanizadas).  Antonio nos rememora que allí salían “cáchuh de baldósah a punta pala”.  La moneda (posiblemente, un quinario de oro) se la vendió a un afilador gallego, que aparte de afilar cuchillos, también solían dedicarse a trapichear con objetos antiguos.  Más contento que unas castañuelas se puso Antonio con el dinero que le dio el galaico amolador.  “Con aquéllah pérrah tuvi p,andal de fiehta pol loh bárih y pagal la entrá del baili un montón de domínguh”, explicaba nuestro amigo cierto día de verano en que venía de ver sus vacas en la dehesa boyal y comunal.

Inscripción en el sitio de “La Valaguija” (Foto: Óscar Garrido)

Con Ovidio se puede tirar el viajero horas y horas.  Conoce infinidad de aconteceres de la “antigüedá antigüísima”.  Lo mismo le puede hablar de las leyendas que rodean “La Peña de la Vela” o de “La Peña del Gavilán”, o de aquel paraje de “Lah Marútah”. Y también sobre las míticas andanzas de Santa Marina y San Pedro por aquellos vericuetos.  ¡Ay del legendario San Pedro y del umbral en la laguna de su mismo nombre, donde tropezó más de una noche cuando iba a rondar a Santa Marina, que por la cuenta era su novia!  Pero el viajero tiene que ir bajando hacia La Rivera de Santa Cruz, que, de un largo tiempo a esta parte, la llaman de El Broncu.  Hay que seguir gastando zapatillas y llegar hasta “La Piedra Ehcachá”, donde las huellas nos remontan hasta la Prehistoria.  Hablar del Achelense, Musteriense y, posiblemente, del Auriñaciense y extendernos en la impronta que dejaron por los extensos humedales de la zona es algo que no se puede hacer deprisa y corriendo.  El viajero tendrá que esperar.  El próximo capítulo, a la vuelta de la esquina.

Ortofoto (sistema “Lidar”) de los parajes donde hablan que se encontraba la misteriosa ciudad de Ébura, de la que dicen que fue capital de los pueblos rucones (Foto: Tomás Cordero)
Desde el prehistórico covacho de “La Piedra Ehcachá”, que será el umbral del próximo capítulo. (Foto: F.B.G.)

Publicado el 18 de junio de 2018

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