Por los montes de Cáparra: Huellas funerarias (II)

Dejamos a nuestro inquieto caminante, en el capítulo anterior, metido de lleno en el corredor plutónico que, con sus fortachones y obesos pesos pesados de duro granito, flanquean y vigilan la retorcida corriente de la que, antiguamente, se llamó Rivera de Santacruz.

Ismael Carmona García, compañero de fatigas en el mundo educativo y presidente de OSCEC. (Foto: Belloteru)

Ya hablamos de aquel mágico lugar de “Lah Pótrah”, donde la Rivera, tal que el Guadiana, parece desaparecer bajo tierra y renacer  después de recorrer un retorcido talweg.  Curiosamente, nuestro buen amigo y compañero de instituto, Ismael Carmona García, profesor de latín y griego y presidente del “Órganu de Siguimientu i Coordinación del Estremeñu y la su Coltura”, que sabe más que los “ratónih coloráuh” en lo tocante a etimologías y otras lingüísticas, nos ha desentrañado el topónimo “Potra”, que nada tiene que ver con el ganado caballar y que se repite en otras zonas de la región extremeña, como en el río Ambroz o Cáparra, cerca de su desembocadura en el Alagón.  Y háblanos Ismael de que “Potra” es un deverbativo del infinitivo latino “abortare”, con aféresis en la a-inicial.  Su raíz está muy presente en palabras de afinidad semántica.  Viene ser algo así como aquello que, habiendo estado oculto ante las miradas de los mortales, vuelve a resurgir con fuerza de la misma raíz que lo engendró.

Tras las huellas funerarias por el corredor granítico de la Rivera de Santacruz. (Foto: F. B. G.)
Al fondo, en el promontorio rocoso, todo un encuentro con el Enolítico. (Foto: F. B. G)

Túmulos con más de 60 metros

Aquel viajero o caminante que se afanó por descubrir las casi invisibles huellas de gente del Eneolítico por aquellos fragosos e intrincados parajes salpicados de nombres como “Juentivieja”, “La Torri del Moru”, “El Pozairón”, “El Canchal del Buju”, “La Jesa del Rincón” o “Navalaguija”, puede que, en su curioso deambular, llegue a toparse con algunos túmulos que se pierden en la noche de los tiempos.  Incluso hemos podido perimetrar alguno de ellos, con más de 60 metros de circunferencia y entre 15-20 metros de diámetro.

¿Quién pudiera averiguar su orientación, a fin de conocer su acimut y ver en qué octante esta enclavado?  ¿Acaso penetraría, al llegar el mediodía del solsticio invernal, la luz solar en la cámara mortuoria de los antepasados?

Algunos túmulos fueron violentados e incluso convertidos en majadas pastoriles. (Foto: F. B. G.)

Puesto que el arco como elemento constructivo aún no se conocía en las etapas prehistóricas, había que acudir a técnicas adinteladas, en las que los ortostatos y losas de cubierta formaban ángulos rectos.  O bien a levantar falsas bóvedas mediante la técnica de aproximación de hiladas.  Esta última técnica perduró a lo largo de los siglos y, hasta hace unos cincuenta o sesenta años, se continuaba usando en la zona para erigir los “múruh” (chozos pastoriles a piedra seca) y las “zajúrdah” (zahúrdas) para los “guarrápuh” (cerdos).

No serían solo los escasos habitantes del asentamiento  que el viajero dejó atrás, escondido en el reborde peñascoso, los que darían vida, aunque fueran aposento para la muerte, a estos monumentos tumulares.  Debieron conjuntar más brazos de otras comunidades del mismo área geográfica, compartidoras todas ellas de los mismos códigos y creencias religiosas y tener, a su vez, una clara noción de pertenencia a un clan o tribu común.  Cámaras megalíticas de culturas agrarias y pastoriles resaltando una fijación ideológica de arraigo y presencia de la propia comunidad sobre la tierra que pisaban.  Espacios rituales elegidos para patentizar ceremonias propiciatorias, muy vinculadas a los antepasados y a la fertilidad de la naturaleza.

Óscar Garrido y Jesús Pulido, amigos de correrías etnoarqueológicas, encaramados en la cima de un majestuoso túmulo (Foto: F. B. G.)

Huellas funerarias que se asoman a un antiquísimo camino que nos trae ecos de legendarios y prerromanos pueblos rucones, de foramontanos ligados a tareas repobladoras y trashumantes  y a otros pastores de vacadas y rebaños de ovejas que, hasta no hace muchas lunas, lo cruzaban en diferentes épocas del año.  También cuenta el imaginario colectivo que fue la vía romana que comunicaba Cáparra con Coria.

Los secretos de los Montes de Cáparra

Mucho ha llovido desde aquellos tiempos y, ahora, cuando no llueve ni la cuarta parte, nos vamos alejando con nuestro caminante a contracorriente, arroyo de “La Rodiana” arriba.  Otros le dicen “Arroyu de Diana”.

Túmulo coronado por el perro Rebelde. (Foto: F. B. G.)

¡Qué curioso!  Aniceto Hernández Jiménez, al que le decían “El Alcardi de la Cuehta”, paisano de estos contornos y gran informante de un servidor, me decía: “Mi padri, que en gloria ehté, ántih de metelsi a molineru, se dedicó a jadel paréh, a cerral lah fíncah de únuh y de ótruh, y yo iba ya con él siendo un mozarangüelu, qu,esi oficiu me vinu a mí dihpué en herencia”.  Y me relataba que muraron muchos “ciérruh” (fincas para ganado vacuno de carne y “guarrápuh négruh y coloráuh”, ahora  llamados cochinos ibéricos) por los parajes mentados más arriba y por aquellos otros de “El Cachuperi”, “El Joranzal” o “Peña Carrahcu”.  Rememorando la figura de su padre, Gabino Hernández García, al que todo el mundo le conocía como “Ti Gabinu Precisu”,  me informó que sería éste el que le enseñó “una peña de moleña que midía máh de doh várah cahtellánah, qu,ehtaba enjiehtá en el rellanu, d,un tesu, antecinu de llegal a un corral vieju, a cielo abiertu, que ehtaba farrungau, cuasi ampié d,esi arroyu que le dicin de la Diana”.

Refería el socarrón de Ti Cetu “El Alcardi de la Cuehta” que, aquella era “una peña ehcrita, que ponía pol una cara el nombri de Diana y, aluegu, vinía una E, y tamién ponía Quintu y Eburu, y pol la otra cara había cincelau el canteru una juélliga de un tejón, que se vía bien a lah clárah, con lah suh úñah y tó”.

Aniceto Hernández Jiménez, más conocido por Ti Cetu El Arcadi de la Cuehta, que ya se nos ha ido para el Reino de la Nada. (Foto: F. B. G.)

Aniceto, hombre con gran agudeza, innata inteligencia y una fecunda memoria, añadía que había más letras, pero que estuvieron su padre y él más de dos y tres veces, en compañía del guarda de la dehesa de “Lah Návah”, que entendía bien de escrituras, con ganas de sacar algo más en claro y por si se indicaba allí la presencia de algún tesoro, o de otros caudales dejados por los moros que anduvieron por España.  No consiguieron averiguarlo.  Pero lo que sí consiguieron otros desaprensivos, con la cabeza más dura que aquella roca granítica, fue hacerla añicos en los “añúh de la jambri” (años posteriores a la guerra civil del 36).  Creyendo que dentro del corazón pétreo de la peña se escondían monedas de oro y plata, la barrenaron, metieron los explosivos y la hicieron volar en mil pedazos.  Y todo el gozo en un pozo.  Otros alocados casos como éste también conocemos en otras villas y lugares, desgraciadamente.

¿DianaE?  ¿Quinto? ¿Eburo?  ¿La zarpa de un tejón?  Muchos enigmas que anhelan una lógica explicación.  Los Montes de Cáparra, de los que dicen las antañonas leyendas que eran el límite meridional de los rucones, esconden muchos secretos.  De ellos seguiremos hablando en el próximo capítulo.

Rebelde proyecta su canina mirada sobre otro de los túmulos. (Foto: F. B. G.)

 

Por los montes de Cáparra: la impronta de los hombres del eneolítico (I)

Publicado el 22 de febrero de 2018

Lee más de Félix Barroso Gutiérrez en su columna A Cuerpo Gentil

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