Los cuentos como son

Que me corrijan si me equivoco, pero creo que los así llamados “cuentos de hadas” son el resultado de un proceso de edulcoración que empezó con los folcloristas hace más de doscientos años y que alcanzó con Disney, ya en pleno siglo XX, un grado de dulzura muy próximo al coma diabético. Salvo por honrosas excepciones, como la de Pulgarcito, al que sus padres siguen abandonando sin reparos en el bosque, los cuentos de hadas han desembocado casi todos en el ñoño “y fueron felices y comieron perdices”, remate de un esquema repetido en el que se exaltan el triunfo y la bondad y se asegura que cualquiera puede cumplir sus sueños, cuando lo cierto es que esos cuentos, en su origen oral y ancestral, eran más para adultos que para niños y que no escatimaban en crueldad ni el violencia, pues servían para enseñar a través de la ficción lo dura y cruda que a menudo puede llegar a ser la vida.

En ese sentido, los cuentos de La princesa y la muerte de Gonzalo Hidalgo Bayal, rescatados hace varias semanas por la editorial Tusquets en su colección “Andanzas” y más herederos de los Cuentos italianos de Italo Calvino que de los Grimm, Andersen o Perrault, regresan, desde la forma escrita, al tono y al propósito original de esas historias orales y ancestrales. Así, en los cuentos de Gonzalo Hidalgo, las princesas, aunque bellas, raramente son virtuosas o bondadosas, y cuando lo son, lo habitual es que el destino acabe cercenando sin contemplaciones cualquier sueño de felicidad, cuando no -directamente- la cabeza y la vida del desdichado príncipe azul, que en ocasiones, como sucede también en muchos cuentos de antaño, no es tal príncipe, sino un campesino o el hijo de un carpintero que, con su ingenuo y su valor, vencen al monstruo de turno y esperan alcanzar la mano de una futura reina, pero en esos casos lo raro, en los cuentos de La princesa y la muerte, es que su audacia o su inteligencia alcancen recompensa alguna, pues en los reinos de Gonzalo Hidalgo Bayal la pirámide social no suele ser permeable, ni los reyes dadivosos, y lo habitual es que penda sobre la cabeza del aspirante al trono la espada de Damocles de una ley implacable, inexorable, que no permite al monarca la más mínima indulgencia y que empuja al héroe hacia el patíbulo.

Escritos con la prosa rica, exacta y rigurosa a la que Gonzalo Hidalgo nos tiene hace tantos libros acostumbrados, los veintiún relatos de La princesa y la muerte no hacen concesiones, no hacen trampas, no cuentan, al fin y al cabo, sino las cosas tal y como son, sin perder tampoco nunca, ni por un momento, el poder encantador de la palabra que está en el origen de toda forma de narrativa y que estuvo, sin lugar a dudas, también en el propio origen de estos cuentos, el que evoca el autor en el epílogo, los largos paseos por la orilla del mar de la mano de su hija hace ya muchos veranos, las fábulas con las que la entretenía caminando y que alcanzaban, como premio, forma escrita si resultaban ser del gusto de la niña. Pocas veces los paseos de un padre y una hija habrán podido llegar a ser tan deliciosos para los que no pisábamos la arena.

 

La princesa y la muerte

Gonzalo Hidalgo Bayal

Tusquets editores

15 euros

(Disponible en préstamo en la Biblioteca Municipal de Plasencia)

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