El carnaval canchaleru ya asoma por “La Rebarba” (I)

“Ya se vienin loh entruéjuh, pirulí, pol el pueblu de Acetuna; la que no tenga maríu, pirulí, ahora hallará la fortuna (…)”  (Tío José García Domínguez, entrañable tamborilero “canchaleru”).

Hace ya una buena gavilla de años, en la primera veintena del siglo XX, un cronista que firmaba como Sir Jones daba cuenta en el periódico escocés The Sunday Post sobre su paso por el pueblo cacereño de Aceituna.  Viajaba a lomos de una mula, llevando como espolique a un mozo de Ahigal llamado Pompeyo Paniagua Domínguez.

Martín Pérez Pérez, otro de los grandes en el mundo del tamboril y la flauta, también de Aceituna. Al igual que Tío José, ya fallecido (Foto: “Canchaleru”)

Vino a caer por la población de los “canchaléruh” (así son motejados los vecinos de Aceituna) cuando ardía en explosión carnavalera.  Sir Jones nos habla de una “Vaca Tizona” de mentirijillas que, con sus cuernos, intentaba levantar las largas sayas de las mujeres; del ruido atronador de las carracas, tamboriles y cencerros; de los gallos que corrían los mozos a lomos de caballerías; de los gatos que manteaban (uno de los cuales, por cierto, saltó de la manta y cayó sobre el rostro de uno de los mirones, produciéndole serios arañazos); de las mujeres que portaban al modo de unas enormes jeringas de caña, por las que arrojaban un líquido verdoso y maloliente sobre los que se cruzaban en su camino, no librándose el escocés, al que le dejaron su impoluto traje hecho una mierda…

Tío José García Domínguez, uno de los emblemáticos tamborileros y excelente informante del pueblo de Aceituna (Foto: F.B.G.)

Para remate de feria, Sir Jones narra cómo cayó en manos de unos quintos que repicaban castañuelas adornadas con vistosos madroños de lana.  Quisiera o no, tuvo que trasegar vino y aguardiente por un tubo y dejar que lo empolvoran de ceniza y de salvado.  Con la merluza a cuestas, fue a parar a casa de un regidor de nombre capicúa: Antón Rina Antón, paisano solterón que vivía con una hermana aún más solterona, llamada Bruna, a la que el británico describe como un espectro viviente, de manos sarmentosas, nariz ganchuda y tan reseca y amarillenta que parecía que la habían chupado un batallón de vampiros.  A él le metieron en un cuarto oscuro con una cama que para acceder a ella había que subirse en una tajuela.  Lo intentó dos o tres veces, pero con la filoxera que llevaba rodó por el suelo a cada intento.  Al fin lo consiguió y quedó a solas con la solterona, que el hermano y el espolique se perdieron entre el tamborileo y las sombras de la noche.

Vecinos de Aceituna (Foto-documento Archivos Revista Cultural)

Refiere Sir Jones que, andando ya roncando, sintió que algo pesado caía sobre su cuerpo. Atentó el bulto y se percató que tenía una mujer encima. Se imaginó enseguida que debía ser la solterona e intentó quitársela del medio. Pero ésta, aferrándole fuertemente, le susurró en la jerga dialectal de la comarca: “Jaga uhté el favol y no me s,ehpanti, que yo lo únicu que quieru eh que me la jinqui, qu,entoavía, a loh mih áñuh, no conocí varón, y no piensi uhté que jadrá pecau nengunu, que andámuh en loh entruéjuh, y pol loh entruéjuh son güénuh tóh loh pelléjuh”.  El inglés, atemorizado, se zafó como pudo de aquella arpía y, con las ropas bajo el brazo, se echó puertas afuera.  Aquella misma noche, sin reponerse del susto, emprendió el camino hacia el lugar de Montehermoso.

Quintos “canchaléruh” acompañados por “Duardu el de la cordión” (Foto-documento Archivos Revista Cultural)

Después de esos párrafos introductorios, todo un etnotexto sobre el Carnaval Canchaleru, solo nos queda decir, en esta primera crónica sobre los mentados antruejos, que éstos ya están atravesando el paraje de “La Rebarba”, donde los robledales hacen frontera entre Aceituna y Santacruz de Paniagua.  Y hogaño vienen por esa parte puesto que toda una sección de “Estampas Jurdanas” (alrededor de 30 miembros de esa Corrobra Folklórica y Etnográfica) bajarán de sus montañas para confraternizar con sus “compádrih canchaléruh”.  No hay que olvidar que antiguas leyendas de Las Hurdes hablan del legendario pueblo de los Rucones, que se extendía más allá de sus cordilleras y que tenían como una de sus cabeceras la ciudad de Ébura, en las inmediaciones del pueblo de Aceituna.  Además, en el territorio jurdano se encuentra la alquería de Aceitunilla; y en Aceituna, el paraje de “La Jurdana”.

Tamborileros recorriendo las que otrora fueron acanchaladas calles de Aceituna (Foto-documento Archivo Revista Cultural)

Unos y otros, “canchaléruh” y “jurdánuh”, en alegre y fraternal jarana, heterodoxa y transgresora, llevarán sus correspondientes “rejuíjuh” carnavalescos por calles y plazuelas, provocando toda una catarsis colectiva con la inmersión en oscuras épocas de la Alta Edad Media e incluso de nebulosas etapas históricas o protohistóricas anteriores.  No es que el Carnaval Jurdanu se presente a las puertas de Aceituna, que esa reliquia se reserva su estreno como Fiesta de Interés Turístico para el 2 de marzo de 2019, cuando la catarsis aún sea mayor y la autenticidad de las carnestolendas depare un jubiloso “Sábadu Gordu del Entrueju” en la alquería de El Cabezo.  Ahora, toca hablar de la manifestación carnavalesca que se pondrá en escena el próximo día 10 de febrero, el “Sabadu Gordu” de los carnavales de este año, cuando también se llevará a cabo la XV Matanza Canchalera.  Chicha y vino no han de faltar, por lo que don Carnal, con todo lo zampado, no pasará hambre en la Cuaresma.

“Rejuiju de luh entruéjuh jurdánuh”. Azabal, 2017. (Foto: “Prenda”)

Caudaloso arroyo Tuna, que flanqueaba por el poniente la antigua ciudad de Ébura (Foto: F.B.G.)

 

Continúa: Olores a guisos matanceros y el carnaval canchaleru por “La Chorrera” (II)

Publicado el 6 de febrero de 2018

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