Etología humana

No es la de Olvido García Valdés una poesía fácil, ni accesible, con la que nada más abrir el libro uno se encuentre de golpe con el esplendor de la vida o, por el contrario, se lamente, después de unos pocos versos, de la velocidad demoledora con la que el tiempo todo lo arrasa. La de Olvido García Valdés es una poesía callada, no críptica, pero sí enigmática, marcada por una muy personal y reconocible forma poética, decantada, libro tras libro, hacia la pureza, hacia la esencialidad, hacia -utilizando una expresión de la autora- la anorexia, una poesía de apariencia difícil, que exige de nosotros una lectura atenta, pero que -podríamos decir que por arte de magia si como magia entendemos el acierto de un quehacer poético- acaba por contagiarnos su mirada detenida sobre las cosas, su capacidad para fijar la atención en lo más mínimo, en el baile de unas ramas mecidas por la brisa o en el recorrido circular de un saltamontes, y para aprender, con ello, algo más del mundo y de nosotros, de nuestro cuerpo, de nuestro modo de ser y estar.

“Quien mira pierde el tiempo mecido / por la brisa de agosto en la mañana”, concluye uno de sus poemas revelándonos una actitud que no es enteramente pasiva, pues permanece atenta a lo que sucede, a la brisa, a los pájaros, a la conversación distraída de unos hombres, y lo que, a través de esos fenómenos, a menudo inadvertidos, podamos conocer, una actitud que explica en una de sus notas sobre la escritura, cuando dice que “hay que practicar una especie de distracción cuidadosa, pero en verdad relajada, que permita al inconsciente hacer su propio trabajo de ascenso y manifestación” como paso previo a la lenta decantación que acaba dando lugar a sus poemas.

Como en su anterior libro, Y todos estábamos vivos –que hizo a Olvido García Valdés merecedora del Premio Nacional de Poesía-, en Lo solo del animal están presentes de fondo -o no tan de fondo- la enfermedad y la muerte, y están también presentes -como en ella, los pájaros y en muchos otros lugares de su obra- los animales, las pequeñas, frágiles criaturas sobre las que la poeta posa su atenta mirada, no en vano el libro, como señala la nota en la solapa “propone una meditación sobre lo animal de la soledad”. Sin embargo, aunque hay en el libro versos y poemas muy duros que nos sitúan ante la crudeza de la muerte y del deterioro físico ( “encontró ya su cuerpo / vestido por la muerte” o “a los enfermos e / impedidos diles ea / solos estáis”), predomina en sus poemas una suerte de solidaridad con todo lo vivo, con los animales, con las plantas, una suerte de comunión en la soledad con la que nos enfrentamos a un mundo que es hostil, pero también hermoso, una identidad en la forma de estar solos, en nuestra condición vulnerable, que al final nos reconforta y nos devuelve a la vida.

“Hay un modo de estar en el mundo que conlleva la necesidad de expresión -dice Olvido García Valdés en otra de sus notas-. Un habla, un hacer que surgen al pensarnos y sentirnos en el mundo; conscientes de la inmediatez y la hermosura, y, al mismo tiempo, del fluir, de la adversidad y de la desdicha, de la fragmentación, de lo evanescente de ese estar. Tal conciencia genera una inquietud que es modo de conocer, de conocernos”. Todo eso hay en los poemas de Lo solo del animal. Todo eso podréis escuchar, de la boca de la propia poeta, si acudís el próximo lunes (ojo, lunes) a las 20:00 horas, a la Sala Verdugo, para conocerla personalmente, en la primera lectura del nuevo curso del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”. Os esperamos.

Lo solo del animal

Olvido García Valdés

Tusquetes Editores

15 euros

Publicado el 14 de diciembre de 2017

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de libro

Con VE de libro columna de Juan RAmón Santos en planVE

planVE

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