Un hombre que se parecía a Bunbury

Me gustan los escritores con los que me entran ganas de escribir. Probablemente sean los que más me gustan, aunque tampoco me atrevería a decir que por eso sean los mejores, como tampoco soy, en realidad, capaz de poner en pie los motivos por los que, al leer a cierta gente, me entran unas ganas locas de coger el lápiz o de sentarme delante del ordenador. Creo que tiene que ver poco con géneros o con tramas y que la clave está más bien en una cierta forma de manejar el lenguaje. Creo que al final son el acierto y la soltura con que esos autores emplean las palabras, construyen las frases o van marcando el ritmo de la prosa -o la poesía- lo que despierta en mí, cuando los leo, un deseo urgente de escribir.

Si comienzo contando todo esto, que al fin y al cabo tampoco interesa a nadie más que a mí -porque no supone ningún criterio cierto, objetivable, de bondad, de calidad artística o literaria-, es porque al leer Réplica, el libro de relatos de Miguel Serrano Larraz, me entraron, en muchas de sus páginas, muchísimas ganas de escribir. Exageraría si dijera que lo comencé a sentir desde la primera línea o desde la primera página, pero estoy seguro que no miento si digo que sucedió ya en la segunda, cuando, en el relato titulado “Recalificación”, que abre el libro, Miguel resume en un párrafo largo, sólido, ágil y compacto el planeamiento y construcción de lo que enseguida averiguaremos que es un centro comercial.

No es un párrafo ese en el que abunden los tecnicismos, pero sí se desprende de él un conocimiento diáfano, como de ingeniero, de cómo son y cómo se hacen las cosas, y demuestra la capacidad de su autor para contar esas cosas con claridad y precisión. Ese mismo rigor, que yo calificaría de científico pero que tiene mucho de literario, de muestra de un magnífico estilo literario, lo encontramos de nuevo en el relato “Azrael”, cuando nos habla de un parásito, el Toxoplasma gondii, que infecta a los ratones provocándoles, además de quistes, una fuerte, fatal, atracción por los gatos, o -por poner otro ejemplo- en el relato “Central”, cuando el autor nos cuenta que el vidrio es, en realidad, un líquido subenfriado, no un sólido, y que, por ello, si introdujésemos un trozo dentro de un recipiente verdaderamente sólido y dispusiésemos de varios miles de años para observarlo, comprobaríamos cómo se acaba por adaptar a la forma del recipiente.

En los relatos de Miguel Serrano Larraz no son raras, pues, las digresiones, y no sólo éstas de tipo –digamos– científico, sino también contundentes teorías psicológicas, como las que defiende la madre del relato “La disolución”, o lo que parecen auténticos axiomas sociológicos, como, en el relato “Un tiempo muerto”, cuando opina sobre por qué los abuelos quieren más a los nietos que a los hijos o cuando, en relación con las actividades deportivas de los niños, señala, sin duda con acierto, que “sólo hay dos tipos de padres y madres”, a los que “les jode que sus hijos pierdan siempre” y a los que “les hace una gracia infinita que sus hijos pierdan siempre”.

Es cierto que estos excursos pueden llegar a ser a veces disparatados, lo que, como supongo que a todos nos habrá pasado alguna vez con Borges, hace que uno se pregunte si sus afirmaciones son verdaderas o falsas, si se deben a la erudición o al más puro deseo de jugar con el lenguaje del autor. Sin embargo, después de todo, como también sucede con Borges, uno acaba llegando a la conclusión de que en realidad no importa, de que, disparatados o eruditos, reveladores o no, son elementos coherentes con el relato y, por ello, verosímiles, que funcionan a la perfección y que, en definitiva, producen un enorme placer intelectual, que es lo máximo que uno puede esperar de un texto o, por lo menos, de textos, como estos, de ficción.

Soy consciente de que al subrayar lo atinado del lenguaje, la calidad de la prosa y la abundancia de digresiones que se mueven entre el delirio y la erudición corro el riesgo de hacer creer que los de Réplica son relatos artificiosos, pedantes, puramente fantásticos, y de que alguno sospeche, incluso, que son vanos, hueros, huecos, cuando nada es menos cierto.

Los relatos de Miguel Serrano están llenos de contenido, un contenido a menudo difícil de acotar, que ni el propio relato parece llegar a abarcar del todo, que nos sobrepasa y nos inquieta, y eso a pesar de que en su inmensa mayoría, salvo por el titulado “Logos” -narrado por una suerte de inteligencia artificial en un tiempo futuro-, se sitúan en nuestra realidad más cercana, en entornos absolutamente familiares, y digo familiares porque la familia es un ámbito que se repite una y otra vez en las narraciones de Réplica.

Es lógico que en un libro que, como el propio autor ha señalado, trata sobre la identidad abordada desde diversos puntos de vista, aparezcan la familia y la infancia como entorno y momento vital en el que esa identidad -o esa falta de identidad, en algunos casos- se forja, y lo que Miguel Serrano en muchos de sus relatos hace es mostrarnos momentos cruciales, reveladores, que marcan, de forma sutil pero irreversible, la personalidad de sus protagonistas. De ello es buen ejemplo el relato “Un tiempo muerto”, que se desarrolla en una cancha de baloncesto, en los minutos finales de un partido infantil, y en el que el protagonista, un jugador mediocre, siente la presión del instante, marcada por la presencia apremiante del entrenador y la ausencia desdeñosa de los padres. “Parece que de un momento a otro va a caer la gran tormenta de su infancia -dice el relato-, la que recordarán como un hecho incontrovertible, el gran misterio de sus vidas, a medida que envejezcan y se deterioren”.

En algunas ocasiones, las que Réplica retrata son situaciones fugaces, casi imperceptibles, que han marcado la vida de sus personajes, pero en otros, como los narrados en “La disolución” son -y cito literalmente- “esa historia que se acaba contando todas las navidades y en todos los cumpleaños, como una maldición, la necrológica que vamos redactando mentalmente para cuando llegue el momento de dictarla o de firmarla con otro nombre”, pues si unas veces asistimos a ese tipo de epifanías en secreto, y las custodiamos nosotros solos, evocándolas, contándonoslas en silencio como momentos clave en nuestras vidas, sucede otras veces que ciertos actos, ciertas situaciones, ciertos accidentes se nos imponen, se nos recuerdan, se cuentan una y otra vez, dejándonoslos caer encima, como una losa, como explicación obvia e incuestionable de quién somos.

Quizá porque soy padre me llaman de forma especial la atención, y me inquietan, los relatos de Miguel Serrano sobre la paternidad. Me inquietan porque el punto de vista que adoptan sobre el asunto puede, en buena medida, resumirse en otra frase de “La disolución”, cuando el autor dice que los padres y las madres se enfrentan “a la obligación de crear materia para la obsesión de sus hijos”. Me preocupan por lo que nuestros actos, incluso los más descuidados e involuntarios, puedan llegar a suponer para su futuro, para su seguridad, para su forma cómoda o incómoda de estar en el mundo. Sin embargo, la relación entre padres e hijos no se aborda en Réplica sólo desde el punto de vista de estos últimos, sus protagonistas no son sólo niños o adolescentes, y de hecho, para completar el panorama, aparecen en el libro la paternidad obsesiva -aunque razonablemente- protectora del relato “La tabla periódica” o la paternidad o maternidad frustrada del narrador -o narradora- de “Oxitocina” o, por poner otro ejemplo, esa suerte de paternidad accidental en la que desemboca inesperadamente el relato “Recalificación” y que supone el encuentro feliz, sosegador pero también desasosegante, de dos personajes solos, abandonados.

Porque los personajes de este libro son, a menudo, eso, individuos solos, abandonados, vulnerables, con dificultades para enfrentarse al mundo, individuos inseguros, frustrados, que rozan la locura, pero también indolentes y extrañamente felices, personajes que van protagonizando, y a menudo narrando, cada una de sus historias y que, como bien ha señalado el escritor Víctor Balcells, hacen que al comenzar a leer cada relato de Réplica nos preguntemos primero quién habla y, a continuación, cómo verá esa voz el mundo, pues, como también afirma con acierto, en sus relatos Miguel nos da acceso a formas mentales regidas por lógicas distintas, y desde esa perspectiva sus relatos son, por encima de todo, rotundamente reales, en la medida en que nos muestran, no sólo la realidad en la que vivimos, sino un espléndido abanico de formas de ver esa realidad.

No quería terminar sin mencionar antes otros dos relatos, dos relatos magníficos que, por su carácter presuntamente autobiográfico, me parecen centrales en ese caleidoscopio, en ese espléndido abanico de modos de ver la realidad que es Réplica. Me refiero, en primer lugar, a “El payaso”, la historia de un narrador incomprendido, concienzudo, riguroso, pero que ve cómo sus intenciones son irremisiblemente malinterpretadas por sus lectores y en el que mucho hay, desde luego, de indagación sobre la creación literaria, y, por último, a “Réplica”, el relato más largo, el que cierra el libro y le da título, protagonizado por un individuo pasivo, resignado a no tener identidad, a que lo confundan sucesiva, insistentemente con Enrique Bunbury, con Santiago Segura, con Kenny G, con el cantante de Simply Red o con el guitarrista de Los Suaves, a que los demás, quienes lo confunden, lo conviertan en nadie, en un cascarón vacío, en puro un molde de carne y hueso y al que, después de todo, tampoco parece importarle demasiado, completando con él esa colección de radiografías con las que, desde su misma portada, el libro nos lleva, a través de doce extraordinarios relatos, a indagar sobre la identidad.

Fotografía por cortesía de La Puerta de Tannhäuser de la presentación de Réplica en La Puerta de Tannhäuser con el autor, a la izquierda, y Juan Ramón Santos a la derecha.

 

“Réplica”

Miguel Serrano Larraz

Candaya

16 euros

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