Las huellas del pasado por los montes de Cáparra

En papeles mohosos y amarillos, se describen a los que, en aquel entonces (años de Austrias y Borbones), se denominaban “Montes de Cáparra” como “sumamente sombríos por la espesa vegetación que acogen y los inmensos riscos que forman covachos donde se guarece toda clase de maleantes y bandoleros”.

La “Torri del Moru”, con cuarcita trabajada en primer plano (Foto: F.B.G.)

Si el viajero, el que no es solamente un simple turista, deja atrás los paraje de “Loh Chozónih”, “Lah Mojéah” o “La Jabalina”, lindantes con las verdes llanadas del regadío, comenzará a ascender y se meterá de lleno en esos montes de abigarrada espesura, donde lo mediterráneo se da de bruces con ciertas brisas atlánticas. Bien se conoce estas retorcidas sendas Antonio Garrido Carpintero, todo un correcaminos dotado de un sexto sentido a la hora de echarle el ojo a los misterios que encierran valles y collados. Una enrevesada rivera, hacia la que se descuelgan numerosos arroyos, gargantas y regatos, muestra un talweg de más de 300 metros en el que las marmitas turbillonares y coalescentes , conocidas popularmente como “tinajas” y “pilancones”, ponen toda una nota exótica en el granito erosionado por el paso de años que se cuentan en millones.  Allí, también, sifones y canales excavados en la roca, techados y semienterrados.  Todo un desfiladero fluvial que bien merece figurar en el Atlas de las Grandes Cavidades en Rocas Plutónicas del Mundo, al decir de Marcos Vaqueiro Rodríguez, perteneciente al Instituto Universitario de Xeología “Isidro Parga Pondal”, de la Universidade de A Coruña.  A Marcos lo llevó de la mano el buen amigo Juan Jesús Sánchez  Alcón, el que presidía el grupo “Andares” y ahora hace la guerra por su cuenta, pero manteniendo la cabeza muy alta y siendo figura clave de este territorio.

Covacha lacustre, en “Lah Pótrah” (Foto: M. Vaqueiro)

“La Torri del Moru”

Detalle de la puerta de entrada de la torre (Foto: F.B.G.)

“Lah Pótrah” llaman a esta zona que colinda con tres términos municipales y que son el fiel reflejo del paleoclima que hubo en su entorno.  Si el viajero traspasa la  orla arbustiva del bosque de ribera y trepa ladera arriba entre peñas caballeras, bolos y rocas en seta y entre la maraña de viejas encinas, carrascas, zarzas, piruétanos, acebuches, majuelos, rosales silvestres, piornos, escobas, retamas, aladiernos, lentiscos, ruscos o esparragueras, podrá darse de bruces con la “Torri del Moru”.  Todo un bastión a piedra seca, de la que los mayores de aquellos contornos afirman que fue obra de unos míticos “móruh”, a quienes señalan como artífices de cualquier vestigio que guarde  probada  antigüedad.  Un rayo, al decir de esta gente, destruyó parte de la torre, que fue rehecha por los lugareños.  Una leyenda muy rica en matices habla de la maldición que caerá sobre quienes permitan que se venga abajo y se convierta en escombros.  Con el remozamiento, la techumbre de falsa cúpula fue trocada por teja curva.  La memoria colectiva de  los paisanos habla de que se aprovechó para usos agropastoriles, añadiéndole un corralón a cielo abierto.  Algunos fragmento de tosca y rodada cerámica hallados casi al pie de la torre, posiblemente perteneciente a algún tipo de olla, parece  remontarnos a épocas protohistóricas o tal vez a vajillas de uso común entre romanos o gente romanizada.

La “Juenti Vieja”. A su vera, los amigos Óscar Garrido Garrido (auténtico discípulo de Antonio Garrido Carpintero y ahora excelente guía del que suscribe estas líneas) y Juan Jesús Pulido González (Foto: F.B.G.)

A no más de un tiro de honda, se encuentra la “Juenti Vieja” (Fuente Vieja), un manantial de aguas frescas y perennes, que, en los años de Maricastaña, tuvo un brocal característico de  los “Pozairones” (Airón era un dios prerromano relacionado con el inframundo).  Partido en dos el rudimentario y esgrafiado brocal granítico, sirvió como “encañau” (revestimiento interior) de la fuente.  Todo un halo legendario rodea a esta fontana.  Seguro que de estas cristalinas y frescas aguas beberían los habitantes de un asentamiento que, perfectamente encastrado entre duros peñascos, se alza, vigilando y controlando el lugar mágico de “Lah Pótrah”, a escasa distancia,  No erraríamos mucho si nos remontáremos a oscuros períodos del Calcolítico.  Pero eso ya será parte de otra historia.

Al fondo, promontorio del asentamiento castreño, del que hablaremos en una próxima entrega. En primer plano, el perro “Rebelde”, que incluso es más contestatario que su dueño. (Foto: F.B.G.)
ragmento de vasija, muy tosco y rodado, en las inmediaciones de la torre (Foto: F.B.G.)
José Luis Garrido recorriendo con tiento uno de los pasillos-sifones de “Lah Pótrah” (Foto: M. Vaqueiro)

Publicado el 25 de julio de 2017

2 comentario
  1. Para un enamorado como lo soy yo de mi comarca hurdana, y no habiendo tenido ocasión de de ver “in situ” estas preciosidades ( mi edad ya no me permite albergar esperanza de que pueda verlo), solo puedo decir al autor del reportaje ¡GARCIAS! ¡GRACIAS! y ¡GRACIAS! por hacerme este obsequio.

    1. ¿Cómo que todavía no puedes llegar a ver estos paradisíacos parajes? Todo es cuestión de proponérselo. Yo conozco los secretos para acceder fácilmente a ellos y salir sano y salvo de la aventura. Así que, ¡animo y arrojo! Te esperamos que los conozcas antes que lleguen las aguas del otoño. ¡Salud y buenos días! Félix Barroso Gutiérrez.

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