Con VE de libro columna de Juan RAmón Santos en planVE

Mucho más que un cuento chino

Si veis de vez en cuando Canal Extremadura estoy seguro de que os habréis encontrado alguna vez, haciendo zapping, con un programa llamado Trastos y tesoros en el que una simpática pareja recorren trojes y desvanes de toda la región descubriéndonos eso, cacharros inservibles, aunque siempre curiosos, y tesoros inesperados. Uno de ellos –el chico, claro– se llama Diego González, es periodista, productor audiovisual y, además, escritor, un estupendo escritor, autor de La importancia de que las abejas hablen, novela con la que ganó el Premio Felipe Trigo en 2006, de los poemarios Mudanzas en los bolsillos y  Mil formas de hacer la colada, y también de una novela corta, o nouvelle, Planes para no estar muerto, que publicó a finales de 2016 en la Editora Regional de Extremadura.

Si comienzo hablando del programa Trastos y tesoros es porque si lo habéis visto, aunque sólo sea un rato, habréis descubierto que Diego González es un tipo que sabe muchas cosas y que sabe, además, contarlas divinamente. A poco que uno le escuche un rato, enseguida se da cuenta de que su cultura no es de trivial, de Trivial Pursuit digo, y que incluso cuando habla de lo más trivial, lo hace con un profundo conocimiento de causa. De eso hay mucho en Planes para no estar muerto, una novela que cuenta mucho más de lo que parece que cuenta.

El punto de partida es un capítulo titulado, como la novela, “Planes para estar muerto” en el que Diego se remonta a un hecho histórico, el célebre Gran Santo Adelante, el conjunto de medidas económicas, sociales y políticas con las que Mao Tse Tung quiso dar el salto a la industrialización entre 1958 y 1961 y cuyo fracaso, unido a una serie de catástrofes naturales, provocó en China un período de hambruna en el que murieron más de treinta millones de personas, lo que además obligó a muchos a escapar de sus lugares de origen, unos emigrando a la ciudad, otros huyendo al extranjero, de forma ilegal, por medio de redes mafiosas.

A partir de ese acontecimiento histórico, real, Diego González construye una historia de ficción que en muchas de sus páginas se desliza hacia lo mítico, y digo esto porque al leer Planes no para estar muerto uno tiene por momentos la sensación de que el autor está construyendo toda una mitología para explicar tanto la presencia como la, a veces, súbita desaparición de los ciudadanos chinos que viven entre nosotros. Me explico: salvo honrosas excepciones, las de los emigrantes chinos son comunidades cerradas, esquivas, huidizas, y eso las vuelve enigmáticas, lo que ha dado pie, desde hace años, desde que su presencia en nuestro país se comenzó a multiplicar, a infinidad de leyendas urbanas sobre sus orígenes, sobre sus costumbres y, de manera especial, sobre la práctica ausencia de ancianos en esas comunidades, ausencia que se suele resolver, de un plumazo, por medio de explicaciones morbosas que seguramente todos conozcamos y que se mueven entre lo truculento y lo gastronómico.

Lejos de esa mitología chusca, de chupito de licor de flores tras una cena de amigos, Diego inventa (o no) casi una antropología, casi una sociología, toda una serie de razones y antecedentes que dan respuesta a muchos de nuestros interrogantes y que salpican todo el relato, y así nos cuenta que “los chinos regresan a casa cuando mueren o cuando han cumplido su historia” o que “aquí solo quedan los jóvenes y los fantasmas” que, a causa del olvido, pierden la cara, pero también nos habla de los dong, “que usan la música para hablar donde otros ponen palabras”, o de las copias de Dafen, una pequeña villa de pescadores en la provincia de Shenzhen dedicada a la reproducción de grandes obras de arte, o nos describe Qingtian como “el lugar en el que nueve de cada diez partes son montaña” y Liuzhou como “la ciudad en la que nadie quiere ser incinerado para poder morir en contacto con la madera mágica”, descripciones e historias todas ellas fantásticas, seguramente no todas inventadas, que se llevan por delante cualquier preocupación sobre la frontera entre la realidad y la ficción, pues lo que son, en todo caso, es absolutamente verosímiles, esto es, acordes y coherentes con el tono y las intenciones de la novela, que parecen rendir de paso homenaje a toda una tradición, la de los cuentos orientales, la de los cuentos chinos.

De todas esas leyendas quizá la más importante, la más relevante desde el punto de vista de la trama, es la de los planes para mañana, la de las listas para esquivar la muerte. En las primeras páginas de la novela, el narrador, Ache, nos dice que su “no-madre siempre contaba que es la única forma de esquivar la muerte, que llegue y te encuentre con una relación de cosas por hacer. Los viejos aseguran que se lleva a los que se olvidan de que tienen tareas pendientes” y así, su oficio, aparte de atender un almacén de artículos de todo a cien, es escribir para los que tienen miedo, fabricar planes para mañana que otra gente, sus clientes, puedan utilizar para sortear la acechanza de la muerte.

Un día Ache recibe la visita de Dao Ji, un hombre de fuego a punto de regresar, después de un largo exilio, a China que le encarga fabricar listas para una mujer que ha empezado a perder los recuerdos, con lo que corre el riesgo de morir y convertirse en un fantasma sin rostro. Esa mujer es Xiu Mei, la niña-gato, repudiada por sus padres por su capacidad de ver en la oscuridad y rescatada de la prostitución y las garras de la mafia por Dao Ji, quien, además, le advierte al narrador que ella “tendrá que marcharse cuando todavía reconozca (…), cuando sea consciente de que tiene una historia. Ese será el momento en el que no deberás escribir más. No dejes –le dice– que se olvide de todo. No permitas que se borre su cara”. A partir de ese momento, y respondiendo al encargo, Xiu Mei, la niña-gato, comienza a vivir con el narrador, que se lanza de inmediato a la apasionada labor de inventar cada día listas de tareas que le permitan esquivar la muerte y el olvido, listas que, a medida que este va haciendo estragos en la mente de Xiu Mei, acaban por convertirse en “palabras que se repiten en cadena”, “lavarse, peinarse, vestirse, comer, respirar”, “todo -como afirma en el capítulo “Las copias de Dafen”- para que la niña-gato pueda recordar cada día cómo debería ser la realidad”.

Y, como diría Mayra Gómez Kemp, hasta aquí puedo leer, porque no es mi intención destripar la novela ni contar el final, aunque os aseguro que Planes para no estar muerto es de esos libros que soportan bien un spoiler, libros en los no hay spoiler que valga porque el placer no está en el final, sino en el recorrido, en la lectura, en la sutileza con la que Diego González va dosificándonos las leyendas, las biografías de los personajes, los elementos fundamentales de la trama, en su prosa exacta, comedida y, a la vez, intensamente lírica, en la ternura con que nos cuenta la historia de tres personajes desarraigados, con la que dignifica de paso, diría yo –aunque seguramente sea una visión muy personal–, el desarraigo ensimismado de decenas o quizá centenares de miles de personas que viven, desde hace años, a nuestro lado y que se merecen algo más que cuentos chinos, y todo ello al ritmo de una banda sonora callada, secreta, que Diego ha acabado por desvelar aprovechando la segunda edición de su libro, una banda sonora que, según parece, ha tenido un papel fundamental en el proceso creativo que ha llevado hasta este libro y que quizá deberíamos escuchar también mientras saboreamos las páginas de esta fantástica novela con la que, afortunadamente, la colección La Gaveta, de la Editora Regional de Extremadura, parece haber salido definitivamente del cajón.

Planes para no estar muerto

Diego González

Editora Regional de Extremadura

8,00 euros

Publicado el 4 de Mayo de 2017

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