Tributo musical

A uno le da mucha pereza que alguien se quiera parecer al Dúo Dinámico y que por tratar de rememorarles en cualquier garito -basándose en eso que ahora se da por llamar “tributo”- me disminuyan el bolsillo con una sobrada cifra por copa. Y es que es más rentable ver en vivo y en directo a esos mayorcitos, los auténticos Manolo y Ramón, tratando de competir con sus propias armonías -algo ahogados y con lógicos surcos en la cara- en cualquier festival de música que se celebra por ahí. Y encima lo petan. Curioso y admirable.

Sin ánimo de molestar a promotores, resulta que uno prefiere no ir a escuchar a un grupo que emula o lo intenta a Led Zeppelin, o a los manidos Queen; ni qué decir de las imitaciones imposibles de Pink Floyd, de Jefferson Airplane, de Blood Sweat and Tears. Tributos o recreaciones a The Cure (muy difícil), a AC/DC (más fácil) y a Ramones; incluso existen aquellos que queriendo tributar se abisman en lo imposible tratando de sonar parecido a los Lynyrd Skynyd, por nombrar algunos. ¡Uf! Que no, que no voy, que me quedo en casa con una buena copa y escucho a los genuinos y si quiero variar de género me pincho a John Hiatt, a Hooker, a Ray Davies, a Muddy Waters, a la Holiday, a Antonio Vega,  a Van Morrison, a Extremoduro, a Coltrane, a Gillespie  y a otros muchos etcéteras; en general, a esos que no los tributa nadie porque no hay do, ni fa ni bemoles para hacerlo.

Se dice que contra gustos no hay nada escrito, aunque personalmente opino que sí que hay escritos, pero que el problema de esa ignorancia es que no los han leído ni siquiera ojeado.

Uno piensa que eso de tributar a grupos o solistas legendarios es una pobre tendencia musical que viene dada porque las personas -incluidos los jóvenes- se hacen mayores y por consecuencia tienen apetito de rememorar su pasado añorando viejas canciones, eso sí, demolidas por músicos y grupos incapaces de crear un nuevo verso, un fraseo creativo, un riff fascinante. A uno le gusta la música vieja y la nueva -desechando todo lo remedado- siempre y cuando tenga calidad, color y creatividad. Ya saben, las tres buenas cés musicales.

En el gastrobar de Rodrigo me suena Buddy Guy, el primitivo genio rhythm & blues de Ray Charles, la ya clásica Diana Krall que vuela a la luna de la mano de su chico Costello con las armonías de los hermanitos Everly; incluso me conmuevo con los mil ojos de Bobby Vee y el cuidado que pide para su chica. Coplas de las Shirelles, la locura de Patsy Cline, el vagabundeo roquero de Dion y Del Shannon, el inmejorable country-rock de las águilas Eagles y aquel folk magistral que se esconde en el Garden Party de Rick Nelson en compañía de la dulce Mary Lou. Música recordada en lo original por todo lo alto. Después relajo el tímpano porque me llega el entremedio musical con un toque de Paul Anka. Sí, el de la chica Diana, ese mozo que posando la cabeza en algún hombro hizo canciones a su manera para Sinatra. Sería interminable seguir contando las emociones que provocan el jazz y las melodías de la buena música.

Busco más voces y acordes y me paro en la calle Sol de Plasencia. Allí me quedo un rato escuchando discretamente a un hombre (lamento no saber su nombre) que entona los versos de Sabina mejor que su propio autor, aunque solo pretenda imitarlo. Otras veces, en fiestas y celebraciones, pongo oídos al extremeño Fede que alicata estupendamente su tono, además de las voces de muchos grandes de aquí, incluido Serrat. Un hombre con oficio de voz y guitarra que no tributa a nadie, excepto tal vez a Hacienda. Un decir.

Publicado el 8 de Septiembre de 2016

Texto y fotografía de Alfonso Trulls para su columna Impresiones de un Foráneo

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