Impresiones de un foráneo

Regocijos bulliciosos

A uno ya no le gusta eso de desfigurarse. La última vez que lo hice, me desfiguré en policía montada del norte de Canadá. Mi padre me miró raro cuando me vio sentarme frente a él, al lado de mi madre y de mi hermana en un restaurante muy serio. Uno vestía pantalones negros con raya amarilla a los costados y enfundadas botas altas negras recién abrillantadas. Una casaca roja me abotonaba el pecho de latón dorado hasta lo alto de un cuello mao, y un gorro militar de astracán negro bajo el brazo remataba el atuendo. Todo un figurín de alquiler.

Ahora, uno que ya tiene sus años, no se me apetece disfrazarme. Solo me limito a alborotarme en alguna celebración, eso sí, muy señalada para el corazón o para el deneí, ambos propios o de cercanos queridos.

A pesar de todo, me presto a inmiscuirme en los próximos festejos de la ciudad que me acogió. Y es que llegan los carnavales placentinos. Para algunos, son unas celebraciones paganas en las que la gente se olvida de lo que es para revestirse en aquello que no es ni le representa. En cualquiera de los casos, todos nos divertiremos a partir del próximo día 5 de febrero en la Plaza de Abastos coronando a una reina, bailando y eligiendo a la mejor desfiguración, es decir, persona disfrazada. Y la cosa continuará el día 7 cuando, cómo no, la animada Asociación de Vecinos del Barrio de San Juan tomará parte en un obsequioso agasajo para pequeños y mayores que tendrá lugar en la Plaza Mayor. Y así hasta la sardinada, que cerrará el día 10 esa jarana placentina donde seguro predominará el regocijo generalizado y la bulla del personal asistente.

Publicado: 29 enero de 2016