Bitacora verata

Un otoño en La Vera digno de Carlos V

El mes de septiembre nos obliga a sacar de la alacena de la memoria el recuerdo de la muerte del Emperador Carlos V en Yuste, que este año cumple su cuatrocientos cincuenta y siete aniversario.

No murió el Emperador por la gota, cuyo primer ataque padeció a los 28 años de edad. Tampoco fallece por sus excesos con una comida como su abuelo Maximiliano. Ni por el romadizo o la artrosis que le fustiga sin compasión a menudo…

Carlos muere debido al paludismo. Las crónicas cuentan que aquel verano fallecieron algunas personas de su séquito, así como numerosos vecinos de Cuacos y el entorno. Las aguas estancadas de la vecina laguna de su palacio y las muchas lagunas de la zona, hicieron que proliferaran los cínifes palúdicos que motivaron la epidemia que conllevaba la enfermedad y la muerte.

Pero no es nuestro cometido analizar su óbito sino hacer una breve reflexión de este tiempo otoñal y dorado que envuelve al Monasterio y la Vera en general.

Merece la pena dar un paseo tranquilo y reposado por el entorno imperial con sus bosques de robles y castaños y dejarse invadir por esa atmósfera mágica que arropa el misterio, como si el mismo espíritu del Emperador flotase entre las copas de los gigantes y viejos eucaliptos o entre los robles cubiertos de líquenes.

Este panorama se complementa con la sobriedad del palacio imperial, con sus estancias carolinas: el salón de recepciones, el despacho, el dormitorio, el lecho en el que falleció el emperador, con  vista al altar mayor por donde Su Majestad seguía las ceremonias litúrgicas… Un ambiente que envuelve al visitante en el misterioso hechizo de los tiempos pasados mientras en el hondón de la memoria se escuchan los cantos gregorianos de los frailes jerónimos.

Dentro del recinto monástico, con este mismo arrobamiento fantástico, cabe también destacar la ermita de Belén, que en el Inventario de la Provincia de Cáceres figura realizada por Salvador Andrés Ordax y en la que destaca su abanico de azulejos talaveranos. A esta ermita, a la que se llega por un paseo tapizado de hojas doradas, flanqueado por la arboleda del bosque interior, solía acudir a menudo el Emperador.

Complementa el lienzo de este aniversario, como un pequeño homenaje a su memoria, la laguna en la que se refleja el edificio y la huerta del Monasterio, saturada del aroma de los cítricos que la rodean y destacan sobre el verdor de su cuidado césped.

Publicado: 24 septiembre 2015