Los quintos santibajeños del 65 rememoran el año de la quinta

El reinado de la quinta en la localidad de Santibáñez el Bajo siempre fue muy sonado. Los quintos preparaban sus panderetas de piel de perro, adornadas con madroños y sonajas y, en compañía del tamborilero, recorrían todos los domingos y festivos las calles y tabernas del lugar.  Por San Blas, compraban un robusto macho cabrío con enorme cuerna, le colocaban un gran campano y lo engalanaban con cintas de colores.  Después de pasearlo por las calles, lo sacrificaban y se tiraban un montón de días comiendo su carne: los ricos y diferentes guisos que preparaba Luis Martín Domínguez (Ti Luí “Bulla”),  que había sido ranchero durante la guerra civil y que era el tamborilero del pueblo.

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Los quintos concentrados en la plaza, para dirigirse al cementerio (Foto: Quintos del 65)

Hogaño, hace cuatro días como quien dice, los quintos nacidos en 1965, que ya entraron en la recta de la cincuentena, decidieron rememorar aquel tiempo pasado y, después que la quinta Carmen Gutiérrez Sevillano se encargara de las infraestructuras, intendencias y demás aspectos organizativos, se lanzaron, ataviados con sus camisetas rojas, a celebrar por todo lo alto el XXX aniversario de su año de quintas.  Dieron en concentrarse en la plaza mayor de la localidad, al objeto de dirigirse al cementerio y realizar una ofrenda floral a los quintos fallecidos.  Posteriormente, continuaron con sus pasacalles por bares, plazuelas y rincones, desgranando antiguas canciones y marcándose jotas, pasodobles y “corríuh”, bajo los sones del tamboril y la flauta del joven tamborilero Saúl Barroso Azabal.

Velá

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Bajando hacia el camposanto, para hacer una ofrenda floral a los quintos fallecidos (Foto: Quintos del 65)

Después de correr la tuna pueblo arriba y pueblo abajo, celebraron una animada cena de hermandad, en el transcurso de la cual hicieron un preciso regalo a Carmen Gutiérrez, la organizadora.

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Un descanso en los pasacalles (Foto: Quintos del 65)

Y acabados los postres, montaron toda una “velá” que dejara huella; o sea, una fiesta nocturna donde las rondas callejeras despertaran a los que estaban en los cálidos brazos de Morfeo y en las que se permiten ciertas trapisondas.

Costumbre siempre fue en estas rondas nocturnas de quintos el abrir las puertas de las cuadras y dar rienda suelta a las caballerías, o el descolgar las cortinas de las puertas de casa y esconderlas en cualquier rincón de la población o de sus afueras.  O cortar las calles con maderos o destartalados enseres.

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Carmen Gutiérrez Sevillano, la organizadora, con el regalo que le hicieron (Foto: Quintos del 65)

Enjuagando de vez en cuando el gaznate, no pararon de bailar en toda la noche, demostrando que, aunque las canas y las patas de gallo han ido trepando por su piel, sin embargo los pies siguen “desenreáuh” para ejecutar un “valseau”  o un perantón.

Al grito de “¡juerga que te crió!”, continuaron su marcha en alegre cháchara y haciendo votos por celebrar un nuevo aniversario de la quinta.  Solo les faltó pedir, al día siguiente, “el chorizu”, al igual que se hacía el día de San Blas “Vieju” (4 de febrero) antiguamente, cuando los quintos, en compañía del tamborilero, recorrían casa por casa, realizando una cuestación, recibiendo de los vecinos huevos, chorizos y dinero.  Era en pago a los servicios que los mozos de la quinta prestaban a la comunidad y porque, después de su año de reinado, tenían que marchar (a veces muy lejos de su pueblo) a cumplir el servicio militar.

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Los quintos con el joven tamborilero (Foto: Quintos del 65)

 Publicado: 21 de agosto de 2015