Impresiones de un foráneo

Impresiones de un foráneo

Un hombre mayor me avisa cada mañana con siete campanazos que es hora del café. Ya somos amigos, lo tengo a cuarenta metros de mi almohada. Él me dice que abrimos y cerramos las jornadas, todos los días. Le llaman Mayorga y es de piedra. En eso y en lo de la campana, nos diferenciamos.

Vivo en Plasencia, que para mí es una novia muy especial. Me enamoré de esta ciudad cuando la conocí. Fue un flechazo que me produjo un súbito arrebato.

Uno vino aquí a trabajar de voluntario para los demás, a buscar calma, a rodearse de cultura y arte, y a terminar una novela. Antes, había pensado en playas cálidas, también en acantilados y lluvias persistentes. Todo conocido y algo de donde nací. Deseché esos destinos por un sentimiento desconocido que me llegaba más profundo.

Extremadura no se me había descubierto, no había pisado los enlosados de sus ciudades, ni había apreciado sus vetustas murallas, tampoco sus tierras. Apenas conocía algo de su Historia, de sus categóricos paisajes, de sus emocionantes monumentos, de la categoría de sus gentes. No hubo dudas, vine corriendo a instalarme aquí una cálida madrugada que no entreveía el otoño que ya se nos arrimaba.

Durante el camino, uno remolcaba amargor en el corazón y acidez en el alma. Esos pesares se fueron diluyendo cuando admiré la Catedral placentina, las calles de la ciudad y sus alrededores.

A Extremadura, a Plasencia, no me trajo el destino, me traje yo.

Y aquí estoy, enamorado a jornada completa, a total disposición de esta tierra. A ver si puedo pagarle de algún modo todo lo que me enseña a través de su belleza. Seguro que de esa forma uno aprenderá a aprovechar retazos de una vida pasada para construir otra futura, tal vez más plena.