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Semana Santa: Los penitentes “empalaos”

Los Empalados, o más popularmente “Empalaos”, de Valverde de la Vera constituye una de las tradiciones más conmovedoras, dentro del rito penitencial de la Semana Santa. Tiene sus orígenes en el Medievo, cuando los penitentes recorrían los caminos, villas y ciudades infiriéndose castigos corporales, como el de empalarse, e implorando el perdón de sus pecados, acuciados por los sermones de predicadores que movían al arrepentimiento y proclamaban el fin inminente del mundo, basados en los castigos de pestes y calamidades que azotaban a la humanidad y ellos achacaban a la Divina Justicia.

Otras poblaciones, como Jarandilla, contaron con esta tradición de penitentes –siempre varones– empalados hasta que Carlos III (Real Cédula del 20 de febrero de 1777), a petición del entonces Obispo de Plasencia, don José González Laso, la prohibió por considerar excesiva y brutal su práctica; pues hay que tener en cuenta que en aquel tiempo, antes de “empalarse”, los penitentes azotaban sus espaldas con cuerdas llenas de nudos y humedecidas de sal y vinagre e impregnadas en vidrio molido.

El mismo Goya lo reflejó en uno de su cuadros, encargado por Carlos IV, hijo de Carlos III, titulado “Los Disciplinantes” (Museo de la Real Academia de Bellas Artes), sin duda evocando a los empalados de esta población, debido a la indumentaria, forma de empalar y a que este pueblo fue el único que continuó con la tradición, aunque sin azotamientos. De ahí que anteriormente se denominaran Disciplinantes, y en las primeras ordenanzas, figuren como “Hermanos de Disciplina de Azote”. De hecho, en los libros de cofradías figuran penitentes de otros pueblos vecinos, como de Jaraíz, Jarandilla, Talaveruela, Losar, Cuacos, Piornal, etc., que se acercaban a Valverde a cumplir con la penitencia de empalarse desde que se tiene conocimiento (1522), cuando eran conocidos por “Cofradía de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, más tarde denominada “Cofradía de la Pasión de Jesucristo y de la Vera Cruz” (1580); la nueva Cofradía, constituida en 1963, se llamó “Hermanos Empalados”; y en 1990, tras la aprobación de nuevos estatutos se denomina “Cofradía de la Pasión de Jesucristo y Hermanos Empalados”.

Cuando Carlos V llegó a Yuste ya existían los Empalados, pues él mismo habla de ellos, según los cronistas, pero fue alrededor de 1600 cuando adquirieron una gran relevancia.

Estando gravemente enfermo el hijo de Felipe II, Don Carlos, que después fallecería a los 24 años de edad y, a pesar de no mejorar con los medicamentos de la época, con fiebres altas que le ocasionaban delirios y diarreas-coléricas, profusas, el Rey recurrió entonces a la intercesión divina, de manera que se hicieran plegarias en pro de la mejora del príncipe heredero. Las iglesias se llenaron de fieles que imploraban con fervor, la misericordia divina para el restablecimiento de la salud del príncipe y en Madrid hubo procesiones, de día y de noche, en las que una multitud de personas se disciplinaban, y en Toledo llegaron a contarse tres mil quinientos flagelantes y penitentes empalados.

Los “Empalaos” no son, como puede pensarse a primera vista, hoy día, –y podemos hacer extensivo a todos los penitentes nazarenos de la Semana Santa– una atracción turística en su sentido menos estricto, sino un auténtico acto penitencial, por el sacrificio heroico y dolor que supone su práctica. De hecho, las motivaciones de los protagonistas, hoy como ayer, suelen ser promesas o purgaciones personales, motivadas por profundas convicciones religiosas, sin regla sobre la edad o la procedencia. No obstante, la procesión o Vía Crucis de los Empalados está declarada de Interés Turístico Nacional.

Los cánones mandan que antes de la media noche del Jueves Santo los protagonistas tienen que encerrarse en la intimidad de sus casas, donde se procede a “empalarlos” secretamente. El “Empalao”, desnudo, solamente en calzones, se viste unas enaguas ceñidas a la cintura que han de sobrepasar las rodillas. Una soga de labor comienza entonces a cubrir desde la cintura su torso ascendiendo en espiral sin dejar hueco alguno al descubierto. Esta operación es especialmente delicada, ya que no puede dejarse parte sin ceñir, pues produciría heridas, ni ceñir demasiado, que ocasionaría el corte de respiración y la asfixia. Cuando la soga alcanza la parte alta del tronco, a la altura de los brazos, se coloca sobre los hombros atravesado un palanco de dos metros aproximadamente de largo y doce centímetros de diámetro sobre el que extienden sus brazos en forma de cruz, que son cubiertos igualmente por la soga, incluidas las manos. Colgando de los brazos en cruz penden unas cadenas o brazaderas –”vilortas”– que significan el encadenamiento penitencial y avisan con su sonido característico del paso de los diversos empalados por las calles de la población. Igualmente, unas largas puntillas o lienzo blanco cruzan los brazos. Un velo blanco transparente cubre la cabeza y tapa el rostro con el fin de mantener el anonimato del penitente empalado; y sobre este velo se coloca una corona de flores o tamujas. Finalmente, por la parte de atrás, sujetas a las espaldas, se cruzan dos espadas en forma de aspa, cuyas puntas sobresalen por encima de la cabeza, hacia el cielo.

Ataviado el “Empalao”, a las doce horas de la noche del Jueves Santo, inicia individualmente el recorrido de las catorce estaciones del Vía Crucis –que suponen cerca de un kilómetro–, descalzo, y acompañado por el Cirineo, tapado con una capa o manta, que porta un farolillo de luz alimentado con aceite de oliva, al igual que lo llevaban antiguamente los Hermanos de la Luz, nombre por el que también es conocido. Además, le suelen acompañar otros familiares o amigos que se ocultan también con mantas para no ser reconocidos, y alumbran de la misma forma con faroles el camino del penitente hasta llegar al Calvario, en el Ejido, donde recitan la Poesía de los Empalados. El “Empalao”, se hinca de rodillas en cada estación y reza una oración tradicional, que suele ser un Padre Nuestro. Si se encuentran dos empalados en su recorrido, se hincan de rodillas uno frente al otro y rezan igualmente la misma oración, el Padre Nuestro.

Es muy emotivo el silencio existente entre el público, a pesar de la multitud de miles de fieles y turistas que se acercan a contemplar el paso de los “Empalaos” por las calles de Valverde de la Vera. Es Semana Santa.

Publicado: 29 marzo 2015

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