Es tiempo de Carnaval, fiesta grande en Navalmoral

Es tiempo de Carnaval. Para un placentino a todos los efectos, como yo, el Carnaval siempre fue una cosa lejana, de ritmo frenético bajo la cálida y carnal Brasil o de máscaras elegantes entre canales venecianos. Luego, fui descubriendo otros carnavales: el de Barranquilla, el de Saint Louis, el de Veracruz, los españoles de Cádiz o Tenerife. Pero siempre eran experiencias ajenas, ya fueran más cercanas o más lejanas. Hasta que hace exactamente 15 años llegué al Pabellón Municipal de Navalmoral de la Mata para informar del Concurso de Murgas y Chirigota y descubrí que el Carnaval estaba bien cerca, a menos de 60 kilómetros, que se podía tocar con las manos, que se podía disfrutar de él sin demasiado esfuerzo. Desde entonces, he encadenado 15 carnavales moralos y ahí sigo, disfrutando de una fiesta diferente.

Es tiempo de Carnaval y, por lo tanto, es tiempo de Don Carnal, antesala de la Cuaresma. Es el momento de las saturnales y bacanales romanas y de aquellas Carnestolendas que en la Edad Media relajaban la cruel tiranía de una religión que ahogaba cualquier libertad de pensamiento. Esas Carnestolendas suponían un soplo de aire fresco, como lo es el Carnaval ahora.

Porque el Carnaval es un paréntesis dichoso, es momento de calle y ocultación sana, ya sea bajo máscara o disfraz. Porque el Carnaval es exceso, desenfreno, alegría de vivir, de sentir más allá de la epidermis, de danzar jubiloso, desinhibido, recorriendo con pasión la festividad más colectiva.

El itinerario moralo

Nada tiene que ver esta fiesta con otras fiestas. En Navalmoral, por ejemplo, cada desfile es distinto al del año anterior. Distintas las carrozas y las comparsas, variados los disfraces y temas abordados, diversas las coreografías y músicas, el ritmo de paso, el fervor del público, el cielo bajo el que se camina…

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La fiesta grande de Navalmoral tiene sus hitos. Coronación de Reinas y Pregón el viernes (este año antecedidos por un novedoso Desfile juvenil), Desfiles del Domingo (el más mediático) y del Martes de Carnaval, Pasacalles Carnavalero (divertido y distinto) el lunes por la noche, entrega de premios tras el desfile del martes y un Entierro y Quema de la Sardina que en Navalmoral se prolonga durante 6 horas en ese Miércoles de Ceniza en el que las lloronas despiden la fiesta entre sollozos, sardinas y alcohol.

 

Desgraciadamente, se cayeron del cartel en los últimos años la Gala de Elección de Reinas y Damas y el Concurso de Murgas y Chirigotas, ese concurso a partir del cual descubrí el Carnaval. También el Concurso de Drag Queen, pero este tenía menor recorrido y, por lo tanto, estaba menos enraizado entre los moralos.

Pero más allá de las variadas actividades del Carnaval, de que algunos actos hayan desaparecido, de que las casetas estén más cerca o más lejos del centro de Navalmoral, de que el Ferial esté acá o allá, la fiesta grande morala no puede morir porque se vive con pasión en la calle y la viven con esa pasión desde los niños a los ancianos. Y cuando hay pasión en una fiesta (y esta ha desfilado en las condiciones meteorológicas más adversas) no hay duda de que pervivirá ante cualquier circunstancia. No hay que olvidar que el Carnaval moralo sobrevivió al franquismo, así que en democracia resulta imparable. Bienvenida sea la fiesta.