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Tras las huellas del pasado por los pagos de “Navalaguija”

Si alguna vez fue un terreno donde la vegetación se reducía al monte bajo, sin árbol alguno, tal y como indica la voz “nava”,
desde hace ya muchos inviernos es un espacio totalmente adehesado, donde robustas encinas se enseñorean del terreno. Bien lo puede comprobar el viajero si, tomando la carretera que conduce desde Santibáñez el Bajo a Valdeobispo, se aparta a la derecha, tomando el amplio cordel de ganados que se conoce como “Cañá de Rebollárih”.

Norias de cangilones abandonadas en las antiguos predios de "La Güerta de San Pedru" (Foto: F.B.G.)
Norias de cangilones abandonadas en las antiguos predios de “La Güerta de San Pedru” (Foto: F.B.G.)

Bueno es que el viajero lleve en su mochila la hoja 597 del Mapa Geológico de España. Le puede aportar datos muy valiosos. Al poco de entrar en este tramo del cordel, a la izquierda, encontrará uno de esos pozos con brocal cilíndrico y granítico, de una sola pieza. Se le conoce como “Pozu del Campillu”. A su lado, una pila del mismo material, gastada por la erosión de los años. Es uno de tantos pozos que suelen jalonar las antiguas rutas de trashumancia. Lástima que los poderes públicos no se encargan de mantenerlo limpio de zarzas y otros hierbajos.
El nombre de “Rebollares” nos indica claramente la presencia de bosques de robles en el pasado. Hoy, son las encinas las dueñas del paisaje; algunas de gran porte: robusto tronco y amplia copa. Los relatos que surgen de las bocas desdentadas nos hablan de que el cordel era la antigua calzada o camino que unía las ciudades romanas de Cáparra y Cauria (Coria). Cerca del paraje de “La Güerta de San Pedru”, donde se observan, herrumbrosos y dejados a su suerte, varios artilugios de norias de cangilones, pegando al camino llamado del “Jornillu”, aparecen los vestigios de lo que, sin lugar a dudas, fue una ermita visigoda. Muchos de sus sillares fueron aprovechados para la construcción de casetas donde algunos hortelanos permanecían durante varios meses al año. Laboreando las tierras, han aparecido fragmentos cerámicos tardorromanos y otros objetos de hierro o de bronce. La Rivera del Bronco lame las paredes de lo que, hasta hace pocos años, fueron productivas huertas y hoy han devenido en pastizales destinados al ganado vacuno. Cuando la Rivera se encajona entre los batolitos graníticos, al llegar al paraje de “Las Potras”, le ocurre como al Guadiana, desapareciendo bajo todo un laberinto de túneles excavados en la dura peña.
Petra Notata

Pila y pozo graníticos en el paraje de "El Campillu", junto al "Cordel de Rebollárih" (Foto: F.B.G.)
Pila y pozo graníticos en el paraje de “El Campillu”, junto al “Cordel de Rebollárih” (Foto: F.B.G.)

Cruzando La Rivera, el viajero penetra en los términos de Aceituna y, más concretamente, en lo que, antiguamente, se denominó “Dehesa de Navalaguija”. Terrenos que, otrora, fueron comunales pero que las distintas desamortizaciones del siglo XIX los malvendieron para engrosar el caudal de los terratenientes. Un palo más a las economías de subsistencia del pueblo llano. El topónimo “Navalaguija” nos viene a decir que estamos ante una llanura irregular donde abundan los guijarros. Más que de llanura habría que hablar de terrenos agrios, con ostensibles desigualdades y donde se desarrollan los típicos berrocales. La Rivera del Bronco viene a ser frontera entre las demarcaciones del Valle del Alagón y Tierras de Granadilla, que, en muchos casos son divisiones artificiales y no se corresponden con el pasado y la realidad socioantropológica.

Caseta de piedra en el paraje del "Cachuperi", en la antigua "Jesa de Navalaguija" (Foto: F.B.G.)
Caseta de piedra en el paraje del “Cachuperi”, en la antigua “Jesa de Navalaguija” (Foto: F.B.G.)

Entre el cordel y la dehesa boyal de Aceituna, en un “cercau” o “cierru” (finca murada, poblada de encinas, alcornoques o robles, donde pueden pastar vacas o cerdos), el curioso caminante, si tiene buen olfato, puede dar con una inscripción rupestre, grabada sobre un peñasco granítico. Un letrero donde el calígrafo poco diestro nos dejó un letrero de carácter oficial, una “petra notata”, donde se menciona al emperador romano Vespasiano y se nos habla de un pleito entre propietarios o comunidades, aunque también pudiera ser sobre el libre uso de paso. Más hacia el poniente, donde el paraje toma el nombre de “Valcuervo”, ya en términos de Montehermoso, aparece una segunda inscripción, perfectamente caligrafiada y legible, que abunda sobre el mismo pleito. Son ejemplos singulares y únicos de dos “limes” romanos trazados sobre bloques naturales de granito.

Vespasiano
Inscripción romana en el paraje de “Valcuervo” (Foto cortesía de Jaime Río-Miranda Alcón)

Por la dehesa de Aceituna, otras muestras más de lugares sacros en la Prehistoria, como “El Pozu el Cubitu” , el “Canchal del Peliteru”o la “Peña Ehcachá”. Y en la antigua Casa del Guarda, el Centro de Interpretación del Roble. Pero de esto y de otras huellas del pasado ya habrá tiempo de hablar en alguna próxima crónica.

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