Con VE de libro columna de Juan RAmón Santos en planVE

Recomendación recomendada

Supongo que les sorprenderá que diga que no me gusta recomendar libros, cuando llevo publicando ya cinco meses reseñas en este discreto rincón quincenal del PlanVE. Lo que, en realidad, no me gusta es hacer sugerencias personalizadas. Cada lector es un mundo, y sus gustos dependen de infinidad de variables que la mayor parte de las veces se nos escapan. Por eso, a menos que conozca bien a una persona y sepa, o pueda intuir con un alto grado de seguridad, cuáles son sus intereses como lector, no me atrevo a recomendar nada, sobre todo porque luego hay por ahí gente tan bien mandada que, si le aconsejas un libro, acabará por leérselo de cabo a rabo incluso aunque no le guste, y no hay nada que peor lleve que sentir que le hago perder tiempo –ese bien tan escaso– a los demás.

Sin embargo, de vez en cuando uno se encuentra con un libro que cree que puede ser disfrutado por todo el mundo, un libro que le parece lo suficientemente bueno y versátil como para que todo el mundo pueda encontrar en él, al leerlo, algún provecho o disfrute, y, por eso, al terminar le entran unas ganas incontenibles de contagiar a otros el gusanillo de su lectura. Ese sería, creo yo, el caso de El balcón en invierno, el último libro de Luis Landero.

Vaya por delante que no se trata de una novela convencional, si por tal entendemos una trama, unos personajes, una concatenación de aventuras principales y secundarias encaminadas de forma más o menos ordenada hacia un fin, aunque, en realidad, ninguno de estos elementos faltan en el libro de Landero, que, paradójicamente, acaba por escribir una espléndida novela –en sentido amplio– desde el hartazgo, desde el agotamiento, manifestado en las primeras páginas, ante la perspectiva de acometer, de nuevo, la ardua escritura de un libro de ese género.

Lo que comienza entonces, tras el arranque de una novela truncada, es un devaneo narrativo –sin aparente orden, pero con mucho concierto– por su pasado, por las circunstancias y peripecias que lo llevaron del pueblo a la gran ciudad, de Alburquerque a Madrid, y que lo acabaron convirtiendo en escritor tras pasar por una mantequería, un taller mecánico o las oficinas de la Central Clesa y tras agotar una fugaz carrera musical como guitarrista.

Vistas así las cosas, El balcón en invierno, podría considerarse una novela de formación, una de esas novelas que describen el proceso por el que, mediante la concatenación de hechos cruciales, un niño se convierte en adolescente, un adolescente en joven, un joven en adulto, pero no es solo eso. El balcón en invierno es, también, además de otras cosas,una mirada enternecida hacia un mundo perdido, hacia unas formas de vida rural que hoy, incluso en la región en que vivimos, han desaparecido casi por completo y para siempre, hacia un pasado ligado al campo y a la tierra con el que muchos de nosotros -más aún, quizá, los más mayores- nos sentiremos profundamente identificados.

Dicho lo cual, prefiero no contarles más, porque soy consciente de que cuanto mayores sean las expectativas, mayores son también las posibilidades de sentirse al cabo defraudado. Es más, lo que les recomiendo ahora, ya por último, es que, si pueden, se olviden de todo lo que les he contado, que no esperen nada de particular, y que, sencillamente, abran El balcón en invierno y comiencen a leer, dejándose llevar por la prosa magnífica de nuestro paisano Luis Landero. Espero no equivocarme, pero creo que no les decepcionará.

El balcón en invierno

El balcón en invierno

El balcón en invierno

Luis Landero

Tusquets Editores

17 euros