El Mesegal y los arcaicos ritos de “La Carvochá”

El cromatismo que desprenden Las Hurdes cuando otoño es otoño extasía las pupilas de todo mortal. Los castaños, colgados de las sierras, muestran vistosas vestimentas, desde los cremas a los carmesíes. Contrasta el reverde de las hojas de las madroñeras con sus rojísimos frutos. En intrincados y pedregosos rincones, las residuales encinas rupícolas extienden sus raíces por donde pueden. Corren regatos y gargantas por doquier. Las nieblas trepan desde los valles a las cúspides de las montañas. Los liliputienses huertecillos, asentados prodigiosamente sobre bancales de piedra seca, anuncian la presencia de recogidas aldeas, donde sus antiguos cascos pizarrosos recuerdan a los poblados del Calcolítico, habitados por comunidades pastoriles que practicaban, también, una rudimentaria agricultura, la caza y la pesca. En el territorio jurdano, quedan muchas huellas de aquellos antepasados prehistóricos.

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Tamborilero, el “Cenizu” y “La Chicharrona” y “El Chicharrón” (Foto cortesía de Fernando Pulido)

Dentro de este inigualable marco, se llevan a cabo los rituales de “La Carvochá”, que de unos años a esta parte tienen como protagonista a la alquería de El Mesegal, dentro del concejo de Lo Franqueado, ya que gran parte de sus vecinos se vuelcan en acondicionar la vieja enlanchada, donde se trillaba el mijo y el centeno y lugar central de las representaciones en honor de las ánimas de los antepasados. En Hurdes, como decía el antropólogo Maurizio Catani, “los paisanos siempre vivieron virtualmente con sus muertos y los soñaban con frecuencia”. La huella céltica de la festividad de Shamaín está muy presente en la tradición funeraria de la comarca. Al igual que las antiguas comunidades de pastores llenaban de singularidad sus fiestas de los muertos, en el territorio de Las Hurdes se han venido manteniendo, en torno a la festividad de Todos los Santos, una mezcolanza de viejos ritos, donde las antiguas creencias se confunden con las gotas de agua bendita que las salpicaron. Tamboriles, gaitas, cánticos, danzas y el mucho comer y beber caracterizaron y caracterizan el “Shamaím jurdano”.Por ello, una vez más, en Mesegal, el día 1º de noviembre, se sucederán pasacalles y petitorios de ánimas. No faltará la “Jogará de lah Ánimah”, encendida con un leño de la lumbrarada del pasado año y en la que el “zajurí” echa un manojo de pelos de cabra, unas migas de pan y un chorro de vino, a fin de conjurar los males del año venidero. Después de los pasacalles, se repartirá el “Pan de lah Ánimah”, amasado con anises y del que todos deben coger un trozo, a la vez que echan una “pintita” de la “polienta” (vino del año), endulzada con miel de los montes jurdanos.

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Danzando ante las ofrendas de las ánimas (Foto de F.B.G.)

El Rejuiju
Comer y beber “a jinchapelleju” y cantar y bailar hasta caer extenuados. Los antiguos jurdanos pensaban que las ánimas también se encontraban, aunque de manera invisible, sobre las lanchas de la era, y ellas comían, bebían y danzaban por la boca y los pies de los vivos. Todos se esmeraban para que quedaran contentos los espíritus de los antepasados, pues, si quedaban conformes, no vendrían a molestarles en las tempestuosas noches invernales. De aquí que esta jornada se convierta en todo un “Rejuiju”; o sea, en una especie de orgía que implica una catarsis. Allí, en el círculo enlanchado de la era, se entremezclan los sones de los tamborileros con los “Calabazónih” y el “Cenizu”, los “Cantaórih de Cóprah” con las “Comádrih de lah Ánimah” y los “Danzaórih”. En medio de la era, sin que nadie ose tocarlas, las ofrendas para las ánimas: las castañas, los membrillos o zamboas, las manzanas invernizas, las granadas, los higos pasos…, sin que falte una jarra de barro con la “polienta”.
Al caer el día, se forma el “Corru de Ánimah” y todos los presentes, agarrados por las manos, forman extenso círculo y se recuerda la memoria de los antepasados, dedicándoles más cánticos y sones de gaita y tamboril. Luego, cuando se empiezan a ver las primeras estrellas, vendrá el gran asado de castañas, la “Carvochá”, y la fiesta continuará hasta que el relente de la noche traspase los huesos y se cuele por el tuétano.

Publicado: 16 octubre de 2014

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