Plasencia hace 100 años

El catedrático de instituto jubilado, historiador, antropólogo y erudito valxeritense (1) Fernando Flores del Manzano publica en la Editora Regional de Extremadura Plasencia en el reinado de Alfonso XIII (1902-1931). Política, Sociedad y CulturaCon él consiguió, en 2013, el Premio “Alconétar” de Inéditos de Historias Locales de Extremadura y no es el primero que dedica a la pequeña gran historia de la capital del Jerte.

Comienza su andadura con la intensa vida política local, analizando el ayuntamiento y sus sucesivas corporaciones municipales, las diferentes elecciones que se celebraron en ese periodo capital de la historia de España que desemboca en la II República y la posterior Guerra Civil, en el que no faltó una dictadura, la del general Primo de Rivera (1923-1931), que, por cierto, dice F. del M., fue recibida en Plasencia con “entusiasmo”.

Sigue con la sociedad: su demografía, los poderosos e influyentes estamentos eclesiástico y militar, inseparables de la ideosincrasia placentina, y nos informa de la vida del resto de la gente, clases medias y bajas, las predominantes en este lugar levítico, aunque influyeran poco (a pesar del incipiente movimiento obrero y de la presencia de los sindicatos). Ya que lo menciono, no pocas veces acude el historiador a los apellidos que marcaron aquellas décadas y la mera mención ya explica, sobre todo a los de aquí, de dónde estos lodos.

Portada del libro

Portada del libro

Si bien el libro está escrito con la retórica y el lenguaje que suelen gastar los eruditos y los datos -cifras, notas y fechas- tienden a la aridez, hay capítulos muy amenos, como el dedicado a la educación (con la llegada de las primeras Escuelas Graduadas en 1931, tras largos años de lucha por conseguir una enseñanza pública de calidad en este pueblo), donde no falta el elogio a los maestros que por aquellos entonces aquí ejercían. O, al hablar de la moralidad, los párrafos sobre las “casas de lenocinio”, los numerosos y alborotadores clientes, así como las pobres mujeres que en ellas trabajaban: la Abogada, la Andaluza, la Bigotes…

Prosigue Flores su investigación con un amplio capítulo dedicado a la modernización de Plasencia, a su desarrollo y transformación -o a su intento, mejor- en ciudad digna de tal nombre. Comunicaciones (tren, carreteras), acometidas de agua y alcantarillado (con el intento fallido de construcción de una presa, la que por fin se construyó en el Jerte muchos lustros después), teléfono, vehículos, etc. Mirón, Paredes, Barragán…

También muy entretenido resulta la parte consagrada a la cultura, que ocupa no pocas páginas. Y es que florecieron las letras y las artes en la Plasencia de las tres primeras décadas del XX. Como F. del M. dice, hubo “un ambiente cultural muy por encima de lo que cabría esperar en una ciudad de su tamaño”. La prensa siguió, como en el siglo anterior, abundando. Casi treinta periódicos se publicaron a lo largo de esos años, con vidas más o menos efímeras, representando las ideas de todas las tendencias. Un cuadro cronológico (hay varios, muy prácticos, en el libro) nos ayuda a situar cada una de esas cabeceras.

“Una pequeña Atenas”, dijo alguien de aquella Plasencia, donde hubo historiadores (el visionario Vicente Paredes, el chantre Benavides Checa…), escritores (de ámbito muy local -Pedro Sánchez Ocaña, Joaquín Rosado, Vicente Neria-, aunque unos Juegos Florales fueran presididos por Ortega Munilla, el padre del filósofo Ortega y Gasset y el poeta José María Gabriel y Galán pisara con frecuencia nuestras calles) y pintores: nos visitó el mismísimo Sorolla (que aquí pintó, siquiera en parte, uno de los famosos cuadros encargados por la Hispanic Society).

Hubo celebraciones importantes (como la del Tercer Centenario de El Quijote) y el rey que da título a la obra pasó por aquí tres veces: en 1903 (camino de Lisboa), en 1922 (hacia Las Hurdes) y en 1927 (con parada y lunch en el hotel Eloy incluido). También pasó unos días del verano de 1916 la Infanta Isabel, tía del rey, que cumplió con un apretadísimo programa de actos.

Son infinidad las anécdotas contadas en esta obra. Destacaría las dedicadas a la fundación del Ateneo y, sobre todo, del Casino (Círculo Placentino, para ser exactos), a la tradición musical (tan arraigada entre nosotros), a los teatros (Romero, Sequeira y Alkázar, que también surgen en esos años y del cual sólo el último pervive), a la llegada del cine (en 1908) o a la afición taurina (que aguantó con dignidad y altura a lo largo del siglo y que hoy sólo es historia).

En lo que a la edición se refiere, en la colección Estudio de la Editora (que por suerte no ha cambiado de maquetación y aspecto), cabe destacar las ilustraciones, pertenecientes al archivo fotográfico de José Antonio Pajuelo, documentalista de la benemérita y veterana asociación Pedro de Trejo. Algunas, que uno nunca había visto, son extraordinarias.

(1) Gentilio culto (muy utilizado por  F. del M.) que sirve para designar a los habitantes del Valle del Jerte (del árabe Xerit)