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Las olas del Tiétar

Mi amigo José María “Jaramanda”, que ama el agua y el sol con corazón de marinero de tierra, una pasión que practica y en la que es diestro, no solo en el calor del estío (que es cuando más solicitado está) sino también con el frescor invernizo. Me comenta brevemente su labor; y para que la cosa cunda y obtener un éxito mayor se esfuerza en ofrecer rutas de agua y naturaleza por el Tiétar.

No es banal este aprecio de las ubres que nos presta la tierra turísticamente –en el caso que nos ocupa: este afluente del Tajo–, que hay que ordeñar como es debido, sin menoscabar su integridad natural, que tan hermoso y satisfactorio es conquistar las alturas de Gredos con sus costras de blanca nieve, como recorrer sus senderos llanos o montañosos, históricos o legendarios, monumentales o simplemente paisajísticos (que ya es bastante), que incluye las sensaciones ribereñas del Tiétar.

Pero José María me comenta que, muy a pesar de todo, él ha optado por el agua, por dominar el Tiétar con sus canoas o piraguas, descubriendo la flora y la fauna de este espacio navegable del interior que separa la Vera, donde tiene su residencia, de otras comarcas limítrofes.

Hay una luz interior en estas aguas, una luz distinta de la que recogen los muchos regatos y gargantas que confluyen y enriquecen al Tiétar, un río que merece la pena conocer “in situ”, guiados por la sabiduría y las explicaciones de José María; una luz que nos invita a la práctica de un estilo de vida y el placer que el turista navegante descubre en su trayectoria piragüista, como si fuera un conquistador o un nativo de las américas, que el guía maestro ameniza con actividades como baños, paseos, juegos, picnic, relax en suma, que hacen más divertido el safari.

Los parajes nos hacen descubrir un fondo de islas y playas de blanca y fina arena, pequeños bosquecillos de vegetación autóctona entre las aguas tranquilas y someras, así como sentir la emoción de los suaves rápidos y zonas que invitan al baño en sus aguas claras.

Las olas de las aguas del Tiétar, aprendices de las olas del mar, en su simbiosis saporífera de agua salada y dulce, a donde irán a parar un día, lamen la ribera verata y el paraje del entorno, que invita con su múltiple arboleda a la aventura casi romántica del trayecto, otra forma de vivir y sentir la Vera…

Lee otros textos de José V. Serradilla Muñoz, pincha aquí.

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