Marcha nocturna con encantos

Hogaño, se cumple la VIII edición de esta sombría marcha que, a lo largo de la noche, recorre emblemáticos parajes de estos términos, tras las huellas de “Los Encantos”, míticos personas que se remontan a los años de Maricastaña y rodeados de toda una aureola que nos remite a los tiempos en que nuestros medios rurales se bañaban en las puras y enjundiosas aguas de los realismos mágicos.

A lo largo de tres horas, con una dificultad mínima y pateando viejos caminos a lo largo de unos diez kilómetros, todo el que se quiera apuntar a esta escalofriante y telúrica experiencia puede ponerse  en contacto con la Agrupación “Amigos de Ahigal”. Buenas botas o zapatillas de deporte y dispuestos a incursionar por esas sendas de dios y del diablo, procurando no quedarse los últimos, ya que, entonces, no tendrán a nadie que les guarde sus espaldas. Y es que los relatos, que irán desgranando algunos miembros de la mencionada agrupación “Amigos de Ahigal”, pondrán más de una vez los pelos de punta de los congregados. No será extraño que, en el recorrido, más de dos vuelvan la cabeza hacia la oscura impenetrabilidad de la noche, creyendo que ciertos seres míticos y maléficos caerán sobre ellos al menor descuido.

La marcha, que se iniciará en la plaza mayor de Ahigal nada más escucharse las sonoras campanadas de las diez de la noche, se adentrará por misteriosos lugares, como “Las Oliveras del Tesoro”, la “Fuente Leje”, las “Pasaeras de Mencholope”, el “Pozo del Cinojal” y “Mingulobitu”.

A continuación, traemos a estas páginas la descripción literaria que, sobre esta VIII Marcha Nocturna de “Los Encantos”, ha pergueñado la asociación de “Amigos de Ahigal”.

Iniciamos el itinerario en la Plaza Mayor, tomando las calles que nos conducen hasta la Fuente o Caño. Si el nombre de la Fuente alude a un pozo, hoy inexistente, al que se descendía por la correspondiente escalinata, el de Caño proviene de la canalización que se hizo desde la Melliza para traer el agua hasta un abrevadero aquí ubicado.

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Foto cortesía de la Agrupación «Amigos de Ahigal»

Seguimos por el camino de la Cruz Chiquita. Esta curiosa denominación refiere la antigua presencia de una pequeña cruz alzada a su vera, uno de esos cruceros llamados “de término” que jalonaron las entradas de nuestro pueblo. Tras caminar un trecho dejamos a la izquierda una majestuosa cruz de granito que se alza entre los olivares y, a la derecha, la laguna de la Cruz Chiquita.

Tras atravesar la carretera poco tardamos en alcanzar las tierras de la Fuente de la Oliva y, ya en ella, pasamos junto a los restos de una villa romana. En sus proximidades y relacionada con ella se encuentra la Olivera del Tesoro, a cuyos pies se localizó a finales del siglo XIX toda una colección de varias arrobas de monedas romanas.

En su cercanía se halla el Huerto de la Tienda, donde se ubica la leyenda del primero de los “encantos”. Refiere la misma el encuentro, en mañana de San Juan, de un molinero con un fabuloso personaje barbudo, dueño de una tienda de baratijas, que ofrece a nuestro hombre lo que desee de su amplio muestrario. El error en la elección imposibilita su desencantamiento y hace pasar un mal trago a nuestro madrugador vecino.

Continuado la marcha alcanzamos en pocos minutos el Carril. De seguir al frente nos toparíamos con el río a Alagón, con la desembocadura del Cáparra, con la fábrica de la luz y con el molino de los Lobatos. Tomamos la ruta hacia la derecha hasta alcanzar el viejo camino del Monte. Obviamos la que nos lleva al Ventorro, y bajamos hasta la Fuente Leje (Fuente del Eje), fuente y abrevadero con pilones, que era descanso obligado para los caminantes por estas rutas.

Se vuelve a cruzar la carretera en dirección a las Pasaeras de Mencholope, que facilita el paso del arroyo del Palomero. A su vera se pueden contemplar centenarias oliveras y, más allá, el alto de Cabeza Jiosa, que oculta los pagos de las Canchorras, y la Cruz de la Vaquera, que se levantó en memoria de una joven que, dependiendo de las versiones, fue fulminada por un rayo o matada por una manda de lobos. Por esos lares se recrean las leyendas de una gigantesca serpiente relacionada con la patrona de Ahigal, Santa Marina, cuando tenía su ermita en el enclave que hoy conocemos por Santa Marina la Vieja. Y más allá, el mítico Cancho del Tesoro.

Por una suave cuesta nos acercamos al cruce del camino a las Pasaeras de Santa Marina y de la Casa de los Moros. Subsisten varias leyendas que relatan aconteceres en torno a la santa y su resistencia para permanecer en su primitiva ermita de las Canchorras. Y, por supuesto, la imaginación vuela alrededor de la cueva de la Casa de los Moros, cuyo mismo nombre alude a tiempos muy lejanos.

Más camino y arribamos a los pies del Pozo del Cinojal, en los aledaños de lo que también fuera una villa romana. De aquella época parecen datar los orígenes de este pozo, remodelado con el paso de los siglos, y mucho antes debieron nacer sus leyendas. Una de ellas habla de una gallina y sus nueve polluelos negros que corretean por aquellos aledaños y que hay que coger todos o una sola pieza antes de la salida del sol de la mañana de San Juan, si el deseo es que se conviertan en animales de oro y brillantes.

También aquí nos encontramos el segundo de los “encantos”. Es un ser humano sumido en las profundidades de las aguas, a causa de una maldición, que sólo es posible romper en la mañana de San Juan, cuando alguien saque del pozo todo el hilo de oro que lo tiene unido a su suerte.

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Foto cortesía de la Agrupación «Amigos de Ahigal»

Ponemos fin a la ruta dirigiendo nuestros pasos hasta Mingulubito, donde nos topamos con el tercero de los encantos, que tiene también por marco la mañana de San Juan. A la vera de un pequeño pozo una moza ha de vérselas con un bravo toro, al que debe limpiarle la baba para volverlo a su forma humana. Pero antes de acometer tan intrépida hazaña tendrá que cumplir con la prueba de adormecer a una melenuda serpiente que se interpondrá en su camino.

Este enclave, además del toro, fue el lugar de aparición de otros seres con atributos cornúpetas. Por los principios del pasado siglo un mozo de Ahigal entabló en estos caminos una lucha nada menos que con el demonio. Y precisamente fue por aquí donde una noche un pastor descubrió que había cargado sobre sus hombros al mismo Satanás, al que había confundido con el macho cabrío. Y también las consejas hablan de reuniones brujeriles junto al pozo de Mingulubitu, donde el zapatero Vicente se las apostó al mismísimo diablo.

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