El gazpacho de mi abuelo no llevaba cerezas

Mi abuelo fue un hombre de campo adaptado a regañadientes a la ciudad. De los muchos recuerdos que conservo de él, algunos están relacionados con la cocina. No porque él fuera un gran cocinero, diría que todo lo contrario -ni le gustaba cocinar ni le gustaba excesivamente comer-, sino porque solo elaboraba tres platos únicos e inimitables que han dejado un recuerdo perenne en mi memoria gastronómica: las migas –blancas, sin pimentón, que nos preparaba para desayunar acompañadas de café con leche condensada-; el frite de cordero -tierno, sabroso y con un ligero toque picante inigualable-, y el ‘gazpacho del abuelo’.

Este último lo llamábamos así porque nadie salvo él lo comía. Era un gazpacho elaborado a base de tropezones grandes de tomate, cebolla, pimiento verde (a veces), pan, aceite, vinagre y sal que flotaban en abundante agua dentro de una fuente transparente de cristal. A aquella fuente nunca asomó una batidora y mucho menos una Termomix. Era un gazpacho de campo, como él.

Bloc GastronautaEn casa, intentábamos convencerle de que el gazpacho triturado que todos nos servíamos era igual o mejor que el suyo, solo que pasado por la batidora. Él miraba aquel mejunje rojizo con desgana y desconfianza. Nunca lo probó. Creo que su paladar estaba hecho a otras texturas y que su sentido visual necesitaba percibir cada ingrediente.

A veces le picaba diciéndole que tenía un paladar antiguo, que ahora el gazpacho se hacía con fresas, sandía, cerezas… y que había cocineros que hasta le echaban polvo de queso de cabra y anchoas. “Qué cosas más raras coméis, donde esté un buen gazpacho de toda la vida, que se quiten tantas moderneces”. Jamás le convencí de lo contrario. Claro que él tampoco consiguió quitarme la manía de probar cosas ‘raras’. Cada verano comienza mi búsqueda de nuevas combinaciones de gazpacho, algunas imposibles e incomestibles y otras sublimes, aunque sin querer, todas acaban recordándome al ‘gazpacho de mi abuelo’.

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